Welcome Guest [Log In] [Register]

About Me

Hola, amigos. Por aquí andaremos. Soy filósofo.

Readers Online

0 Members, 1 Guest

Feb 10

1. Estamos perdiendo amor

.
ESTAMOS PERDIENDO AMOR

La vida se nos ha hecho difícil (1)




Domingo 4 de febrero de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.



Hola, amigos:

La sensación de insatisfacción es global, con algunas excepciones, y nos preguntamos, casi nunca a fondo, qué es lo que anda mal en nuestras vidas.



Breve preartículo:

Quizá la gran mayoría ni siquiera logra una respuesta aceptable al planteamiento anterior, sin tener la disposición de "perder el tiempo" en tan poco lucrativa inquietud. Y así, seguimos batallando y corriendo... ¡entre las patas de los caballos!

Me ha resultado difícil la redacción de este artículo, porque son muchos los temas involucrados: desde el gradual deterioro conyugal y familiar, pasando por las exigencias de la sociedad de consumo, hasta las prisas y tensiones en que habitualmente vivimos. No logro abarcar tantos temas en un solo artículo. Hay que llegar a la raíz del problema, para desde ahí ir precisando y entendiendo los subproblemas que se van derivando. Quizás entonces podamos encontrar al menos algunas soluciones parciales.

Parece increíble, pero no queremos pensar en ello. Se trata de un tema que rehuimos casi defensivamente, cuando, en realidad, al rehuirlo bajamos la guardia y nos quedamos indefensos. ¿A qué se debe esta paradójica actitud? Parece que instintivamente temiéramos que el remedio pueda ser más doloroso que la enfermedad, o que el logro de la satisfacción y la paz personales pueda ser menos gozoso que el ahorro del esfuerzo requerido para poner los medios pertinentes.

La evasión de esta temática se presenta de manera aguda en el hombre de hoy, cuando su tratamiento se hace más imperativo que nunca. La ayuda de la Filosofía se hace imprescindible a fin de abordar los problemas con franqueza y objetividad, sin componendas ni autojustificaciones o autocomplacencias. En lo que sigue trataré de abordar esta problemática; y mi diagnóstico básico será que estamos perdiendo amor. Espero no ser evadido yo también, sino que se me lea y se me otorgue al menos el beneficio de la duda.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)



Cuerpo del artículo:

Ya quedaron atrás la Navidad, el año nuevo y ¡el milenio nuevo! Y por eso conviene entrar, ya sin más dilaciones, en alguno de los temas que han motivado el inicio de esta serie de artículos. Quizá en éstos se pretende, más que en otros, el ya conocido objetivo general de todos mis artículos: ayudar a vivir más humanamente en un mundo que nos empuja a vivir con un aceleramiento cada vez mayor, casi sin pensar, corriendo hacia una meta incierta y sin un sentido que satisfaga nuestros anhelos profundos.

La crisis de amor se ha hecho aguda y patente sobre todo en la sociedad conyugal. Hace apenas unas décadas se daba la siguiente reacción en una pareja de novios cuando él era llamado al frente de batalla: ella le pedía que se casaran de inmediato, para amarse al menos unas pocas noches; y para que, si él moría en la guerra, le dejara al menos un hijo, como fruto de su amor.

¿Cómo reaccionaría hoy una pareja de novios en semejantes circunstancias? Quizás ella reaccionaría pensando de esta otra manera: Primero que se vaya a la guerra, y a ver si vuelve, y cómo vuelve; ya luego veré si todavía me conviene casarme con él.



Se nos está olvidando cómo amar

Sí, es verdad, ¡se nos está olvidando cómo amar! Estamos perdiendo esa destreza, esa habilidad, esa virtud. En los grupos de Neuróticos Anónimos ?que manejan el mismo programa de 12 pasos que Alcohólicos Anónimos? se afirma que la neurosis consiste, precisamente, en carecer de la habilidad de amar. Y hoy nuestro mundo está neurótico.

Ante las dificultades, nuestros abuelos encontraban una maravillosa solución diciéndose uno al otro lo siguiente: "Nada importan los problemas, aunque se hunda el mundo, mientras nos sigamos teniendo tú y yo".

Hoy, en cambio, cualquiera de los cónyuges puede y suele decirle al otro algo como esto: "No hace falta que se hunda el mundo para que tengas problemas; yo seré tu principal problema ?hasta el extremo de abandonarte y quitarte los niños? si no me otorgas esto o aquello". Y esto o aquello bien puede ser una simple conveniencia, un gusto o incluso un capricho.

Nuestros abuelos, como todos los cónyuges, tenían pleitos algunas veces; pero luego... ¡venían las contentadas! Hoy, en cambio, el motivo del pleito es querer estar contentos. Ninguno de los cónyuges quiere ser un "objeto de placer", por lo que fácilmente rechaza al otro. Cuando uno invita al otro a alguna actividad que a éste le guste, suele recibir esta respuesta: "¿Pretendes que acepte, después de lo que me hiciste?".

De tal forma es imposible llevar una vida agradable. También hemos perdido la habilidad de perdonar, e incluso de hacer en común aquello que nos gusta. Cobra carta de supremacía el reproche que se le pueda hacer al otro. Y si esto sucede en el amor conyugal, que es el amor por excelencia, ¿qué no sucederá en los otros amores?



La felicidad y el amor

Lo que llevo dicho está tomado de la experiencia y avalado por la destrucción de innumerables matrimonios; no se trata de elucubraciones mentales. De otra parte, hablando del amor en general, la Filosofía nos enseña que amar es querer el bien del otro. Y es verdad, amar es salir de uno mismo y mirar por el otro, por su bien, por darle gusto, por hacerlo realmente feliz. La felicidad se encuentra, paradójicamente, en el desinterés del verdadero amor, al mirar por el otro, y no por uno mismo. La felicidad no se encuentra buscándola de manera directa, sino sólo de rebote, al buscar de manera directa la felicidad del otro.

Pero hemos ido perdiendo esa convicción; ya no solemos pensar así. Hoy preferimos pensar que debemos mirar primero por nosotros mismos, y sólo después por los demás: ¡primero yo!, y luego los demás, incluso contra las más elementales normas de urbanidad. Así lo han puesto de moda algunas corrientes modernas de psicología barata; y sus ingenuos seguidores terminan por pagar el precio de la desdicha. Se trata de una actitud básicamente egoísta, porque gira alrededor de uno mismo, del yo, del ego.

La convivencia con una persona así, tarde o temprano se hace pesada, o muy pesada, y no queda más remedio que retirarse, aunque se mantengan con ella algunos contactos superficiales; lo cual provoca que la persona egoísta, poco a poco, se vaya quedando sola, o que tenga sólo relaciones superficiales; situación que indudablemente la frustra y la lleva a la desdicha.

El resultado de lo anterior es que la persona egoísta, al ir privándose de relaciones personales profundas, va substituyéndolas con cosas materiales, que proporcionan placer a corto plazo. La persona egoísta va cambiando lo que interiormente podría ser ?una persona que verdaderamente ama? por lo que exteriormente puede tener, y va así optando por la cultura del tener con preferencia a la cultura del ser.

Bien sabemos que las cosas que tenemos no nos proporcionan la felicidad, como no nos la proporcionaron aquellos patines, ni aquellas muñecas, ni aquella moto, ni aquel auto... ni estos terrenos, casas, avionetas, veleros o vicios; y aun así preferimos seguir cayendo en el engaño, con tal de seguir evadiendo el tema de fondo. En el fondo... bien sabemos que sólo hemos probado la dicha cuando hemos amado verdaderamente, aunque se tratara de una dicha acompañada del dolor de no ser correspondidos como queríamos, quizá por no tener la debida consideración hacia el punto de vista del otro respecto a su personal correspondencia.

Y cuando nos hemos encontrado con alguna de esas raras personas que son auténticamente felices, hemos descubierto que invariablemente son personas que aman de verdad, y que son muy comprensivas con la correspondencia que reciben de los otros, cuyos puntos de vista respetan cabalmente; dicho en breve, son personas que no aman posesivamente, sino que se dan a sí mismas al amar; personas que miran primero por la persona amada, y después por sí mismas.



La dicha y el dolor

Cabe, pues, que la dicha auténtica, aunque no sea plena, en esta vida vaya acompañada de dolor. Esto no sólo es posible, sino que así es: ¡en esta vida la dicha, por muy auténtica que sea, va siempre acompañada de dolor! La cuestión se resume, por tanto, en lo siguiente: ¿por qué habremos de optar, por buscar la dicha o por evadir el dolor?, ¿qué preferimos ser, buscadores de la dicha o evasores del dolor? Porque no hay salida: dado que en esta vida la dicha va siempre acompaña de dolor, si optamos por evadir el dolor, en esta vida la dicha siempre se nos escapará.

El planteamiento anterior nos permite ponderar las diferencias existentes entre diversos tipos de moralidad, y aun entre diferentes religiones. Hay formas morales y también moralistas que son más odiadores del mal que amadores del bien, más odiadores del error que amadores de la verdad. Hay religiosidades que son más odiadoras del Diablo que amadoras de Dios. Por ejemplo, y sin faltar al respeto a los budistas, es verdad que el budismo es más evasor del dolor que buscador de la dicha. También es verdad que el cristianismo es más buscador de la dicha que evasor del dolor, más amador de la verdad que odiador del error, más amador del bien que odiador del mal, más amador de Dios que odiador del Diablo.

La reconocida psicóloga Karen Horney, en su libro La Personalidad Neurótica de Nuestro Tiempo, ya mencionaba una primera contradicción como causa de la neurosis difundida: "Por una parte se hace todo lo posible a fin de impulsarnos hacia el éxito, lo cual significa que no sólo debemos tratar de imponernos, sino también de ser agresivos y capaces de apartar a los demás de nuestro camino. Por la otra, estamos profundamente imbuidos de los ideales cristianos".

Todo indica, por tanto, que los problemas que traemos entre manos tienen su raíz en el viejo tema del amor, y en nuestro modo de enfocarlo; porque, querámoslo o no, fuimos hechos para amar, y para conocer, y para trabajar. Si nos rebelamos ante esta realidad, o si la ignoramos, seremos desdichados ?dado que no podemos cambiar nuestra naturaleza o rediseñarnos?; en cambio, si la aceptamos, gradualmente iremos encontrando la felicidad.

Será interesante, en futuros artículos, ir analizando las causas que nos inducen a dicha rebeldía en la actualidad, o que de una u otra forma nos distraen y alejan de las consideraciones profundas que pueden ayudarnos a evitar el hastío y darle sentido a nuestras vidas.



pqh@hotmail.com

Si me escriben a mi correo, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:58 PM · No comments
Feb 10

2. Estamos compitiendo demasiado

.
ESTAMOS COMPITIENDO DEMASIADO

La vida se nos ha hecho difícil (2)



Domingo 11 de febrero de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

La vida se nos ha hecho difícil, en gran parte, por la ferocidad del modo actual de competir, sobre todo en el trabajo profesional.


Breve preartículo

Parientes y amigos, anteriormente prósperos negociantes, de repente pierden sus empresas, sea porque quiebran o porque las malbaratan; y con eso intentan sin éxito iniciar nuevos negocios. Les resulta difícil adaptarse a las formas empresariales de competir surgidas con la apertura comercial y la globalización. La competitividad feroz son esos caballos entre cuyas patas están siendo arrastradas nuestras vidas. Y es importante encontrar soluciones, respuestas, formas de defensa, antes de que sea demasiado tarde...

Sabemos de jóvenes que se suicidan ante el fracaso en los exámenes destinados a elegir a quienes han de ingresar a determinadas carreras universitarias o maestrías, dada la fuerte competencia existente también en esos campos. Y las tremendas competencias deportivas cada año arrojan mayores números de heridos y muertos.

Muchos matrimonios son destruidos por la competencia que surge entre marido y mujer, y sus correspondientes profesiones, con la creciente tendencia a poner el trabajo por encima de la familia.

Poco a poco nos vamos enterando de más y más casos de éstos. Al principio nos sorprendíamos y nos preocupábamos, pero gradualmente nos va pareciendo algo normal... ¡así es el mundo de hoy! Insensiblemente vamos aceptando la idea de que el modo actual de avanzar es mediante la competitividad, sin detenernos a pensar si la competitividad es buena o mala, o si adopta formas buenas y malas, y cuáles son las características y diferencias de unas y otras.

De buena gana ―irreflexiva e ingenuamente― participamos en todo tipo de competencias, con tal de que tengamos posibilidades de ganar o de hacer un buen papel; y lo mismo sucede con nuestros hijos, a quienes alentamos a que compitan, convencidos de que les ayudará en su formación. No nos detenemos a considerar las consecuencias de incurrir en las formas de competir capitalistas, guerra interna, como guerra externa eran las comunistas luchas de clases, ambas carentes de amor: ¡los extremos se tocan!

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

Hace poco un presidente de Estados Unidos, dirigiéndose a toda la nación, entre broma y veras dijo: "Nos estamos demandando demasiado". Parece que hay formas sanas e insanas de demandar. Sería insano que una mujer demandara de acoso sexual al hombre que normalmente la pretende para casarse con ella.

De manera semejante, podemos decir que estamos compitiendo demasiado, hasta el grado de que el trabajo profesional se nos ha hecho desagradable y la vida se nos ha hecho difícil. Y también aquí, hay formas sanas e insanas de competir. Es insana la competitividad que busca la quiebra de los competidores. Tal forma de competir en realidad es una forma de guerra; así lo han entendido los japoneses, pues han dicho que los negocios son guerra (business is war).


Competente, competidor y competitivo

Hay tres acepciones interesantes de este concepto: competente, competidor y competitivo. Competente es alguien capaz en su actividad, profesión u oficio. Competidor es alguien que trata de ganar a costa de que otro pierda, como en las competencias deportivas. Competitivo es alguien que batalla por permanecer o prevalecer en el mercado. Y el que trata de prevalecer, puede llegar a hacerlo incluso buscando la quiebra de sus competidores, o complaciéndose en ella.

Es notable que quien sólo trata de permanecer en el mercado, para lograrlo tiene también que batallar, como si estuviera defendiéndose sólo pasivamente en medio de una guerra muy activa; lo cual hace de su trabajo algo tenso y desagradable, sin que por sí mismo tuviera que serlo: ¡la vida se le hace difícil! La fuerte competitividad en el trabajo sólo puede ser agradable para quien personalmente es un competidor, del mismo modo que la guerra sólo puede ser agradable para quien personalmente es un guerrero.

Cabe notar que del competidor y del competitivo decimos que compiten; en cambio, no solemos decir que compita alguien que es simple y personalmente competente, como puede serlo un oculista. La confianza y el trato personal que hay con el oculista de alguna forma hacen que su trabajo quede fuera de la guerra del mercado, y que su personal competencia no tenga que ser competidora ni competitiva. Por tanto, el trabajo de ese oculista puede seguir siendo agradable... ¡un estilo a imitar!

Indudablemente hay personas competidoras y guerreras, pero no todos somos así; la gran mayoría de los seres humanos no somos así, sino que preferiríamos tener un trabajo agradable, sin guerras ni tensiones. Hoy muchos empresarios padecen, muy a su pesar, la feroz competitividad reinante en el mercado. Muchos de ellos querrían que tal competitividad desapareciera, o que al menos disminuyera. Pero eso no es factible hoy; todo sugiere que la competitividad llegó para quedarse, y que irá en incremento cada vez más. ¿Hasta dónde llegará? Y, sobre todo, ¿por qué las cosas tienen que ser así?


Causas de la competitividad malsana

En estricto rigor, las cosas no tienen por qué ser así; pero de hecho así son, y hay motivos para ello. Un motivo a favor de la competitividad insana es el afán de riquezas: ¿qué prefieres, tener un trabajo agradable o ser rico? Si prefieres ser rico, ahí tendrás un motivo para competir, porque compitiendo puedes hacerte rico. Entonces, tenderás a pensar que competir es bueno, como se piensa en Estados Unidos, que es el país con mayor afán de riquezas.

Sin embargo, no es elegante decir que la competitividad es buena sólo porque le proporciona riquezas al competidor. Entonces se buscan otros motivos, y se dice que la competitividad promueve el desarrollo; y es verdad, pero las guerras, sin ser buenas, también promueven algún desarrollo. No todo lo que promueve algún desarrollo es bueno. ¿Y a cuál desarrollo nos referimos?, ¿de qué tipo? Además, hay otras formas de promover el desarrollo, como lo han hecho todos los grandes humanistas, artistas y científicos, que no competían con nadie.

Otro motivo a favor de la competitividad insana es el afán de fama, el deseo de ser el número uno. Se trata del afán de destacar, de ser reconocido como el máximo en algún aspecto; motivo que se opone al deseo de ejercer la profesión. En un médico, por ejemplo, el deseo de ejercer lo lleva a curar a sus pacientes; en cambio, el afán de destacar lo lleva a ser reconocido como el médico número uno en su ciudad, en su país o en el mundo entero, dependiendo del tamaño de su ego. ¡Es un problema de ego!

El deseo de ejercer permite que todos los médicos sean felices, ya que cualquier médico puede ser feliz curando a sus pacientes. El afán de destacar sólo permite que un médico sea feliz, el número uno; quien, para lograrlo, tendrá que buscar la manera de competir y triunfar sobre todos los otros médicos; y si lo logra estará contento... ¡aunque no cure a sus pacientes! El afán de fama desvirtúa el ejercicio de cualquier profesión; en el fondo es la sed del incienso de ser considerado como el mejor, aun sin serlo.

Estos dos promotores de la competitividad insana ―el afán de riquezas y el de fama― tienen ambos sus raíces en el egoísmo. El que compite insanamente no quiere el bien de ese otro que es su competidor: no lo ama. Porque amar es querer el bien del otro. Por eso sólo bajo la condición del egoísmo, que es lo más opuesto al amor, puede decirse que la competitividad insana promueva el desarrollo; y por eso ésta es uno de los mayores frenos en la consecución de la felicidad: ¡nos hace la vida difícil!

No queremos escuchar ni hacer caso a lo que Dios nos dice por boca de San Pablo en la Sagrada Escritura: "No hagáis nada por espíritu de competencia, nada por vanagloria; antes, llevados de la humildad, teneos unos a otros por superiores, no atendiendo cada uno a su propio interés, sino al de los otros" (Filipenses 2, 3-4). Tampoco queremos escuchar los llamados de Jesucristo mismo a no buscar los primeros lugares, sino hacernos como niños y los servidores de todos.

Lo tremendo es que vivimos en una sociedad egoísta, que tiende a ser competitiva, y que por lo mismo se hace más egoísta en un degradante círculo vicioso; y para romperlo es necesario atacar la raíz del egoísmo, sobre todo en sus manifestaciones laborales, que conllevan el manejo del trueque y del dinero en ese gran medio de intercambio que es el mercado.


Hay una competitividad sana

¿Cuál es, entonces, la competitividad sana? Es aquella que, en el fondo, no tiene por qué llamarse competitividad. Negativamente, es la que no está fincada en el egoísmo; y por tanto tampoco en los afanes de fama y riquezas, ni en otros afanes igualmente egoístas, como los de placer y de poder. En efecto, ya los griegos habían señalado las riquezas, el poder, el placer y la fama como falsas fuentes de felicidad.

Positivamente, la competitividad sana es la que busca el auténtico bien común, que hace coincidir el bien individual con el bien social. También es sano competir con uno mismo. Si lográramos una sociedad altruista, la competitividad insana desaparecería, y a la competitividad sana dejaríamos de llamarla competitividad.

Mientras vivamos en una sociedad egoísta, donde impera la competitividad insana, sólo nos queda buscar el modo de defendernos, de permanecer, de sobrevivir, que puede ser compitiendo sanamente; lo cual tiene tres variantes básicas y complementarias: la austeridad de vida, la subordinación y el liderazgo.

La austeridad de vida es valiosa en sí misma; es lo que se ha llamado justo medio y que incluso emperadores romanos llamaron aurea mediocritas o áureo término medio. Se trata de tener una mayor libertad, individuos y organizaciones, sin crearse dependencias ni necesidades superfluas: ¡tanto tienes, cuanto menos necesitas! Sin embargo, para algunos será sólo el precio que hay que pagar para sobrevivir substrayéndose de la competitividad y dedicándose a lo que les gusta. Incluso pequeños negociantes pueden sobrevivir así, desde los changarros hasta algunas empresas pequeñas.

El liderazgo es un camino que no debe ser confundido con la sed de fama, ni de riquezas, ni de poder. El líder compite sanamente porque su meta no es el fracaso de aquellos a quienes conduce ―que pueden ser todos―, sino su óptimo desarrollo. El líder busca lo que es mejor para todos, el ganar-ganar, no la seducción de los falsos afanes; no necesita de ellos, justamente por lo que ya es. El liderazgo puede ser ejercido desde el nivel de los grandes gobernantes y empresarios hasta el de los operarios que ayudan a sus compañeros a trabajar mejor.

La subordinación consiste en renunciar a las profesiones u oficios libres, y también a ser empresario de primer nivel; consiste en trabajar subordinándose a otros. La subordinación puede darse desde el nivel de los altos ejecutivos hasta el de los ayudantes en algunas profesiones u oficios. El que se subordina puede elegir el trabajo de su preferencia dentro de una enorme gama de posibilidades y a la distancia que más le acomode respecto a las asperezas de la competitividad.

El líder puede ser austero y/o subordinado; el subordinado puede ser austero y/o líder; y el austero puede ser subordinado y/o líder; y todo sin tener que competir insanamente. La subordinación suele ser un camino de juventud, el liderazgo suele serlo de madurez, y la austeridad puede vivirse siempre.

Para todos hay un gran abanico de alternativas y posibilidades fuera de la competitividad insana. Cada quien puede optar por la combinación que le venga mejor en cada etapa de su vida. Lo que no puede faltar, lo verdaderamente importante, es que nuestras vidas tengan sentido ―conocimiento y amor― y que nos den satisfacciones auténticas, perdurables, que nos vayan conduciendo a la felicidad, aunque sea gradualmente y poco a poco. ¡La elección es nuestra!


pqh@hotmail.com

Si me escriben a mi correo, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:50 PM · No comments
Feb 10

3. Estamos perdiendo criterio

.
ESTAMOS PERDIENDO CRITERIO

La vida se nos ha hecho difícil (3)



Domingo 18 de febrero de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

La vida se nos ha hecho difícil, en gran parte también, por la falta de criterio para planearla en su totalidad y darle así un sentido adecuado y cabal.


Breve preartículo

Cada vez más estamos viviendo al día, inmersos en el trajín de cada momento, sin llegar a tomar las riendas de nuestra propia existencia. Si no nos decidimos a abordar y corregir esta situación las consecuencias podrán ser desastrosas, con la probabilidad de terminar adictos al alcohol, las drogas, las depresiones u otras actitudes evasivas.

Parientes y amigos, anteriormente serenos y alegres, de repente pierden la ecuanimidad, la sensatez y el buen juicio. Cada vez son más los matrimonios destruidos, los hijos abandonados o seriamente descuidados, las temeridades empresariales, los negocios turbios o dudosos. Aparecen hábitos compulsivos de comprar y de gastar; las tarjeteas de crédito se saturan; las deudas se acumulan; personas de buena reputación empiezan a esconderse de sus acreedores...

Las noticias denuncian el hecho de adolescentes que se suicidan al no ser capaces de manejar el monto de sus deudas, adquiridas mediante tarjetas de crédito que les fueron otorgadas sin que tuvieran un trabajo estable y sin la autorización de sus padres. Se ha dado incluso el cínico caso de que los acreedores y otorgadores de la tarjeta de crédito del adolescente suicida pretendan lograr el pago de la deuda, de parte de los padres del muchacho, diciéndoles que de esa forma podrán limpiar el nombre de su hijo muerto.

¿Qué está sucediendo? Estamos llegando hasta el extremo de que algunas personas o grupos se adueñen de nuestras vidas a través de una publicidad y una comercialización sin escrúpulos, a fin de lucrar a costa de lo que sea. Otros casos son menos graves; se da una gran gama de abusos amparados al cobijo de un mal entendido libre mercado. Ante situaciones como éstas se hace notorio que las mejores soluciones están en el campo de la prevención, más que en el de la guerra contra el crimen. Es necesario que tomemos las riendas de nuestras vidas ―con criterio, que estamos perdiendo― y que enseñemos a nuestros hijos a tomarlas, si realmente queremos defendernos de las agresividades del entorno.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

Me viene a la memoria lo que solía decir mi querida amiga, Emma Godoy, aquella ilustre pensadora mexicana que, además de sus interesantes escritos, habló mucho por la radio en la XEW. Que en paz descanse. Ella decía que suele llegar un momento en que nos preguntamos qué hemos logrado, qué hemos hecho en la vida, y nos preocupa descubrir que hemos hecho muy poco, casi nada. Para esas ocasiones ella recomendaba que miráramos al futuro imaginando tenernos a nosotros mismos en brazos, como si fuéramos un bebé, y que nos preguntáramos: ¿qué quiero hacer conmigo?

Es una buena pregunta, porque acelera la madurez del joven, y aun al anciano le da nuevas esperanzas, pues lo ayuda a comprender que todavía hay tiempo de hacer cosas valiosas. Siguiendo tal planteamiento, aquí y ahora, y mirando hacia el futuro, podemos preguntarnos: ¿qué quiero hacer conmigo? En serio, ¿queremos hacer con nosotros lo mismo que hemos venido haciendo? ¿No? ¿Queremos hacer otra cosa?, ¿qué? Más aun, ¿qué hemos venido haciendo con nosotros mismos hasta el día de hoy?

Tal vez no lo sabemos bien; tal vez no lo sabemos nada bien; tal vez la pregunta nos toma completamente por sorpresa. Tal vez... después de planear nuestros negocios innumerables veces, nunca hayamos planeado en serio nuestra propia vida. Entonces debemos decirnos a nosotros mismos: Amigo... ¡eso sí que es falta de criterio!


Hay que planear nuestra vida modularmente

Ciertamente es falta de criterio el no tomar las riendas de nuestra propia vida, y en vez de eso permitir que sea “dirigida” por la opinión pública, los medios de comunicación, la publicidad o los caprichos del mercado. A eso llamo dejarse llevar entre las patas de los caballos. Desde un punto de vista personal, casi nada es tan importante como ese escaso recurso que es la propia vida; y por eso es falta de criterio vivirla como si se tratara de un recurso ilimitado que, además, careciera de importancia hasta el grado de poder dejarlo en manos de quienes quieran manejarlo.

Lo normal sería planear la propia vida de manera modular, dada la incertidumbre de su continuidad, es decir, de la posibilidad que tenemos de morir en cualquier momento. Bien sabemos lo que es un crecimiento modular, como el de un equipo estereofónico, una computadora y otras cosas más. Se trata de un modo de crecer en que el equipo tiene unidad y funciona incluso con pocos elementos, pero de manera que puede seguir creciendo, incrementando su previa unidad y funcionalidad, si se le añaden nuevos elementos.

Lo mismo puede y debe suceder en nuestras vidas. Al llegar el momento inicial de madurez ―usualmente ya avanzada la adolescencia, o después―, en que nos preguntamos qué hemos hecho en la vida y qué queremos hacer con nosotros mismos en el futuro ―como sugiere Emma―, si no adoptamos un enfoque modular lo más probable será que nuestras metas nunca se realicen.

En efecto, de poco serviría planear nuestra vida a veinte años si, aun sin saberlo, vamos a morir el día de hoy, o dentro de un año, o dentro de cinco. Por eso el módulo de un día es tan importante; debo vivir hoy de manera que si muero hoy esté satisfecho con lo que hice conmigo al menos a partir de mi pregunta inicial de madurez: ¿qué quiero hacer conmigo?

Es notable cómo todos los grupos anónimos ―Alcohólicos Anónimos, Neuróticos Anónimos, etcétera― se apoyan en el módulo diario, “un día a la vez”, que, además, tiene raíz evangélica: “Cada día tiene su afán” (Mateo 6, 34). Pero hay que vivir cada módulo cotidiano, el de hoy, de manera que, si seguimos viviendo, lo que hagamos hoy sirva de base modular a lo que haremos mañana, y dentro de un año, y así hasta el final de nuestra vida. Y de ese mismo modo hay que vivir cada día. Éste es el secreto de la eficacia del módulo de un día, que es un módulo natural, porque tenemos que dormir.

Otro módulo importante es el de un año ―aunque no nos sea tan natural― porque socialmente vivimos por años, en el clima, lo financiero, lo fiscal, etcétera. Podemos pensar que un año cae dentro del corto plazo de lo que nos queda de vida. Pero hay otros módulos de mucha importancia, como los de terminar carrera, casarse, poner negocio propio, jubilarse y otros más. Y cada uno de ellos, además de tener unidad y funcionalidad propia, deberá siempre ser apoyo de los siguientes, hasta el final de la vida, que es el módulo natural, terminal y cierto, al menos en este mundo: ¿qué quiero hacer conmigo a fin de cuentas, en toda mi vida?

Sería una gran falta de criterio no aceptar la caducidad de nuestra vida presente, con la consecuencia de no poder planearla modularmente, ya que el módulo final se apoya en todos los anteriores, o todos ellos se orientan hacia el módulo final.


También hay que planear el contenido de nuestra vida

Lo modular indica sólo el modo o la forma de planear nuestra vida si queremos que tenga un mínimo de unidad y sentido, termine cuando termine, al menos a partir de nuestra inicial pregunta de madurez. Faltará todavía planear el contenido con el que queramos llenar esa forma o esos módulos.

No podemos dejar de hacer ese plan; tenemos que hacerlo incluso si decidimos seguir el proyecto divino para nosotros mismos. En este caso tendremos que hacer dos planes: uno para descubrir ese proyecto y otro para llevarlo a cabo. Por tanto, tomar las riendas de nuestra vida, planearla, es algo que en ningún caso podemos soslayar, si hemos de ser personas maduras.

¿Qué criterio podremos usar para decidir con cuáles contenidos llenar los módulos de nuestra vida? ¡Qué sensata y propia pregunta! Y su propiedad nos indica que lo requerido para responderla es justamente eso: ¡criterio! El término criterio significa juzgar, juicio, discernimiento, norma para conocer la verdad. Tener criterio es tener la capacidad de discernir, sobre todo en el ámbito de los temas y asuntos de verdadera importancia.

¿Decidimos bien al elegir estado de vida, carrera profesional, cónyuge? ¿Sí o no?, y... ¿por qué? Podemos elegir la soltería o el matrimonio, la persona que amamos o la que nos conviene, la carrera que nos gusta o la que pensamos podrá darnos una buena posición social.

Es obvio que se necesita criterio para tomar buenas decisiones en tales campos; y para que, si algo sale mal, podamos tener la tranquilidad de haber obrado bien; porque el obrar bien depende de nosotros, pero el éxito no, ya que también depende de mil circunstancias ajenas a nuestro control, como incendios, terremotos, guerras, fluctuaciones del mercado y tantas otras. Aquí puede apreciarse la estrecha relación que existe entre el criterio y los valores, como la elección del bien, el conocimiento de la verdad, el aprecio de la belleza, etcétera.


Es falta de criterio vivir exigiendo lo imposible

Nuestra sociedad actual está exigiendo y premiando el logro de los resultados del éxito, y castigando lo contrario; es decir, está exigiendo de las personas justamente aquello que está fuera de su control, sin valorar debidamente lo que ciertamente está bajo su control, como que sus actos hayan sido buenos o razonables.

Más aun, hoy hemos hecho que la competitividad sea la norma, y a todos les pedimos o exigimos que triunfen, como si estuvieran obligados a ello, cuando en realidad es imposible que todos triunfen. Violamos así un principio básico: Nadie está obligado a lo imposible. Es en extremo violento, por impracticable, pretender el triunfo de parte de todos. Y luego nos hemos dividido en ganadores y perdedores. Nos hemos hecho la vida difícil con la competitividad insana, que en el fondo es guerra intestina.

Este artículo ha mostrado la necesidad de planear modularmente nuestras propias vidas. ¿Lo estamos haciendo así? ¿No es verdad que, más bien, nos estamos dejando llevar entre las patas de los caballos? Si nos detenemos a pensarlo, tendremos que reconocer que nosotros mismos o muchos conocidos nuestros ni siquiera habían considerado o escuchado lo dicho aquí. Es verdad, por tanto, lo que me movió a escribir este artículo: la vida se nos ha hecho difícil, también, porque... ¡estamos perdiendo criterio!


pqh@hotmail.com

Si me escriben a mi correo, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:35 PM · No comments
Feb 10

4. Estamos perdiendo conocimiento

.
ESTAMOS PERDIENDO CONOCIMIENTO

La vida se nos ha hecho difícil (4)



Domingo 25 de febrero de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Mucho de la dificultad de la vida actual radica en darnos cuenta de que algo anda mal, sin lograr saber qué es; se trata de una auténtica pérdida de conocimiento.


Breve preartículo

Dicha dificultad es en gran parte impotencia, humillación de ni siquiera saber cómo hacer el intento de defendernos. Entre broma y veras se ha dicho que "gastamos dinero que no tenemos, en cosas que no necesitamos, para agradar a gente que no nos gusta". Si esto es verdad, hoy lo es más que nunca. Tengamos o no el dinero, necesitemos o no las cosas, nos guste o no la gente, hoy se nos impone el "criterio" de que las cosas se logran comprando y gastando.

Hace algunas décadas era un orgullo que una mujer se hiciera, ella misma, un bonito vestido. Eso mismo sería hoy una vergüenza; orgullo es que lo haya comprado en un lugar de prestigio, que sea de buena marca, que le haya costado mucho dinero y que lo use una sola vez. Se nos impone el "criterio" de que las cosas sean nuevas, de que se ve mal que tengan ya algún tiempo, aunque todavía estén en buen estado: ¡Ya cambia ese coche! Y lo mismo sucede con la ropa, los muebles, las alfombras, etcétera. Es verdad que tales costumbres proceden de las clases acomodadas, pero poco a poco se van infiltrando en todos los estratos sociales.

Es difícil vivir así. Mas lo peor es que no podamos defendernos. Imaginemos que un marido, que es quien tiene que pagar el costoso vestido de su mujer, lograra descifrar el mecanismo social que hay detrás de todo esto y que, contento, intentara explicárselo a ella. Lo probable sería que ella se molestara, lo tildara de tacaño y le dijera que, en el fondo, la realidad es que ya no la quiere. Pues bien, algo semejante sucede con mil cosas más. Todo parece estar tramado de forma que no podamos defendernos, que seamos impotentes.

Estos son ejemplos palpables, tomados de cosas materiales; pero hoy se estila que se cambie todo, también la cultura —con preferencias orientales—, la orientación sexual —que puede ser ambivalente—, la moral, la religión, los gustos, la familia... ¿Quiénes planean todo esto? ¿Cómo defendernos? ¿Qué está sucediendo? No sólo estamos perdiendo criterio, sino también conocimiento.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

Una madre de familia me pidió ayuda para explicarle a su hijo —que apenas iniciaba la secundaria— una conocidísima cuestión de álgebra elemental. Al tratar de ayudarlo me di cuenta de que ni él ni su madre lograban entender aquello porque era algo falso. Les dije que se trataba de algo falso, y también les dije cuál era la verdad en cuestión. Esa verdad les pareció razonable, pero el muchachito no entendía que su profesor les hubiera enseñado algo falso. Yo traté de hacerle comprender que quizá le había entendido mal a su profesor, o que tal vez su profesor se había expresado confusamente; pero él insistió en que no era así, sino que su profesor había enseñado claramente lo que yo decía ser falso.

Después de hacerles ver con detalle la verdad de la cuestión, y de que ambos la comprendieron, me ofrecí para hablar con su profesor. Entonces la madre se negó en rotundo, le dijo al muchacho que se aprendiera las cosas como su profesor había dicho y me pidió que no le enredara la cabeza a su hijo, porque ella quería que él se supiera lo que le enseñaban en la escuela y así pudiera sacar buenas calificaciones. Se le estaba dando más crédito a lo que dijera un tercero que a la evidencia misma, claramente captada con las facultades propias.

Lo que acabo de narrar es real. Tiempo después, esa mujer caía en depresiones y mostraba disturbios emocionales; nada extraño en quien tiene semejante actitud de desprecio por la verdad. La negación o desprecio de la realidad objetiva, de la verdad, a fin de sostener nuestro subjetivo modo de ver y hacer las cosas, casi siempre termina en trastornos emocionales.

Esta tremenda consecuencia del desprecio de la verdad es expresada en Neuróticos Anónimos de la siguiente manera: "Sin temor a equivocarnos decimos que la depresión —ira congelada— tiene sólo una causa: el egoísmo (frustración) de que las cosas no se hagan a nuestra manera". Cada vez que despreciamos la realidad objetiva perdemos conocimiento.


Graves consecuencias del subjetivismo

Nuestro modo subjetivo de querer ver y hacer las cosas, es algo que nos hace la vida difícil; más aun, es la raíz de los demás elementos que nos dificultan la vida. Esto sucede cuando queremos ver las cosas de modo distinto a como en realidad son, y cuando queremos hacerlas de modo distinto a como en realidad se hacen.

Por ejemplo, el querer a toda costa verse uno mismo como víctima, y querer ver a los demás como verdugos, hace la vida difícil: se termina en soledad. El querer construir un edificio a prueba de terremotos sin usar las medidas de seguridad y los materiales adecuados, hace la vida difícil: se termina en la cárcel.

Nuestro conocimiento no altera la realidad, sino que debe adecuarse a ella —¡eso es la verdad!—, y todo intento o pretensión de que nuestro conocimiento determine el modo de ser de la realidad... ¡nos hace la vida difícil! La realidad no nos obedece, porque no somos dioses.


Apertura mental y corrientes de pensamiento

A medida que aumentan los medios de comunicación y la apertura, se popularizan más y más las diversas corrientes de pensamiento, y... nos gusta sentirnos modernos y estar abiertos a todas ellas; pero esto no puede lograrse sin faltar a la verdad y caer en muchos errores. Lo correcto, lo verdadero, y auténticamente moderno, no consiste en estar abiertos a muchas o a todas las corrientes de pensamiento, sino en estar abiertos a toda la realidad. Veámoslo en una tabla sencilla:

Conocimiento sensible______Conocimiento intelectual_____Postura gnoseológica.
Abiertos_________________Abiertos__________________Realismo
Abiertos_________________Cerrados_________________Empirismo
Cerrados________________Abiertos__________________Idealismo
Cerrados________________Cerrados_________________Escepticismo

La mayor apertura auténtica consiste en estar abiertos a conocer toda la realidad, para lo cual hay que estar abiertos a todos los modos de conocerla, ya sea con los sentidos o con el intelecto; eso es el realismo. Los que se cierran al conocimiento intelectual se cierran al conocimiento del mundo espiritual, como los empiristas. Los que se cierran al conocimiento sensible se cierran al conocimiento del mundo material, como los idealistas en sentido filosófico, que son en extremo racionalistas. Los escépticos son completamente cerrados. El más abierto es el realista.

Aquí se ve claramente la tontería de considerar que la apertura mental consiste en estar abiertos a muchas o a todas las posturas gnoseológicas o corrientes de pensamiento: Oye, qué cerrado eres; sólo aceptas el realismo, cuando tienes otras opciones, como el empirismo, el idealismo y el escepticismo.



  • Oye, qué cerrado eres; sólo aceptas la belleza, cuando puedes optar también por la fealdad.
  • Oye, qué cerrado eres; sólo aceptas el bien, cuando puedes optar también por el mal.
  • Oye, qué cerrado eres; sólo aceptas la verdad, cuando puedes optar también por el error.
  • Oye, qué cerrado eres; sólo aceptas la inteligencia, cuando puedes optar también por la estupidez.

Al querer ser muy abiertos, sin criterio, en realidad nos hemos venido cerrando cognoscitivamente: ¡estamos perdiendo conocimiento! Lo cual nos está haciendo la vida difícil. Anteriormente el hombre común era realista; sólo los filósofos y algunos científicos eran auténticos empiristas, idealistas o escépticos.

Han sido los modernos medios de comunicación los que han ido sacando al hombre común de su natural realismo y favoreciendo que quiera estar abierto a muchas o a todas las corrientes de pensamiento —sin una adecuada preparación filosófica ni científica— y que se convierta en una especie de mezcla de muchas corrientes: en algo amorfo. Lo cual, de otra parte, le ha dado al hombre común la posibilidad de hacerse intelectualmente caprichoso, ya que siempre tiene a la mano argumentos —buenos o malos— a favor de lo que le gusta, y también argumentos en contra de lo que le disgusta.


La paradójica tragedia de la televisión

Tal estado de cosas no ha fortalecido el conocimiento del hombre actual, sino todo lo contrario. Hoy nos lo creemos casi todo, nos lo tragamos casi todo, sólo con que esté presentado de un modo que parezca científico, aunque en realidad se trate de presentaciones seudocientíficas, como las que nos ofrecen muchos programas de televisión. Si hace poco se podía criticar la seudocultura de algunas personas diciendo que tenían una cultura de Selecciones, hoy se las pude criticar diciendo que tienen una cultura de Discovery.

Bastan una cuantas imágenes de apoyo —que muchas veces son simples dibujos animados modernos— para que nos traguemos casi todo lo que los actuales comercializadores de la comunicación quieran decirnos. En lo demás nos narcotizan con programas deportivos, telenovelas y caricaturas. La fotografía, en cambio, ciertamente es estupenda; eso sí debemos reconocerles.

Ahí tenemos la paradójica tragedia de la televisión, ese medio que nos hipnotiza hasta el grado de hacernos ver lo que sea. ¿Por qué no usarla para educar al pueblo? ¡Pues no! Se usa para hundirlo en una peculiar ignorancia que ni siquiera le permite darse cuenta de que es ignorante. Y todo por intereses económicos.

La situación es realmente crítica, porque no contamos con la educación necesaria para distinguir lo verdadero de lo falso; lo que está demostrado, de lo que no lo está; lo que es valioso, de lo que no lo es; lo que nos reportará dicha, de lo que nos reportará desdicha; lo que nos hará la vida llevadera, de lo que nos la hará difícil.

Estamos ciegos a los valores; padecemos ceguera axiológica. Optamos por el dinero, el poder y la fama, antes que por la verdad, el bien y la belleza. La pérdida de conocimiento es la raíz de la dificultad de nuestras vidas y de que ni siquiera nos sea fácil encontrar la forma de defendernos, pues ese solo intento nos haría ver como cerrados, poco modernos.



pqh@hotmail.com

Si me escriben a mi correo, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:24 PM · No comments
Feb 10

5. Estamos perdiendo fe

.
ESTAMOS PERDIENDO FE

La vida se nos ha hecho difícil (5)



Domingo 4 de marzo de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

La palabra dada vale cada vez menos. Cada vez nos creemos menos unos a otros. Y cada vez creemos menos unos en otros.


Breve preartículo

Lo que hoy importa es la letra pequeña de los contratos, ésa que difícilmente se lee a la hora de firmar. Las palabras, se las lleva el viento; lo escrito, lo descubre el tiempo. Esta forma de pensar y de actuar también nos está haciendo la vida difícil.

Un amigo ginecólogo me decía que dejó la práctica de su especialidad al ver el mercantilismo que se había introducido en ella. Me comentaba el planteamiento que se hacía uno de sus colegas: ¿No habrá forma de lograr que este parto sea cesárea? Poco a poco vamos perdiendo la confianza incluso en los médicos, hasta el grado de buscar preferentemente al médico honesto, más que al competente. Nos molesta que, además de estar enfermos, nos vean en la cara el signo de pesos. Nos resulta difícil seguir creyendo y confiando en profesionales que están fuertemente presionados para comprar coche nuevo, construir casa en el mar o irse de vacaciones a Europa.

Y ésas son las presiones que suele tener cualquier profesional prestigioso, independientemente de su profesión y especialidad. Si he mencionado el ejemplo de la medicina es porque resulta más claro, contrastante, indignante; pero en todas las profesiones y oficios se cuecen habas. Esta pérdida de fe es otro elemento que contribuye a hacernos la vida difícil. Con frecuencia nos encontramos ante el dilema de estar siendo demasiado desconfiados o demasiado ingenuos.

Junto con el deterioro de la estima que tenemos por los otros, se va deteriorando también nuestra higiene mental e incluso nuestra autoestima. Cada vez que cedemos a las presiones del entorno, contra nuestra manera de pensar y nuestras convicciones, algo se derrumba en nuestro interior, porque en realidad nos estamos vendiendo. Una solución, relativamente fácil, sería convertirnos en mártires, en víctimas habituales, de quienes todo mundo abusa; pero al hacerlo nos llevaríamos a la familia entre las patas. Casi siempre hay la posibilidad de encontrar otras soluciones, más ingeniosas y que, sobre todo, no sólo nos beneficien a nosotros, sino también al ambiente social en que vivimos.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

Si no me crees, me estás diciendo mentiroso. O también: Si crees lo que ella te dijo, entonces la mentirosa soy yo. Innumerables veces hemos escuchado estas formas equivocadas de razonar y de reaccionar, cuyas consecuencias pueden ser desastrosas y dificultarnos la vida, como vivir en medio de conflictos, perder negocios y amistades, irse quedando en soledad, etcétera.

Es importante ir encontrando formas de prevenir este tipo de conflictos. Se cae en ellos, con todas sus negativas consecuencias, por no entender lo que es creer, por no entender lo que es fe. La fe es una forma humana más, legítima, de conocer; es llegar a conocer algo gracias al testimonio de otro, que sí conoce lo que yo desconozco y deseo conocer. Si no traigo reloj, puedo preguntarle la hora a otra persona; ella mira su reloj, me dice la hora, le creo y... ¡ya sé la hora! En cambio, si no le creo, sigo sin saber la hora.


Creerle a alguien y creer en alguien

La fe tiene qué ver con la verdad y el error, que es algo intelectual; y también tiene qué ver con la mentira y la veracidad, que es algo moral. Por eso decir te creo es distinto de decir creo en ti. Creerle a alguien es tomar lo que dice como verdadero; es algo intelectual, y en su defecto suelen tenerse conflictos inmediatos, a corto plazo. Creer en alguien es tomar a la persona como digna de confianza, como alguien con quien se puede contar, con quien sabe uno a qué atenerse; es algo moral, y en su defecto suelen tenerse conflictos a largo plazo.

Cuando le creemos a alguien, podemos prever lo que dirá; se trata de algo principalmente intelectual. Cuando creemos en alguien, podemos prever lo que hará; se trata de algo principalmente moral. Lo normal es que cuando creemos en alguien tendamos a creer lo que dice; y que cuando no creemos en alguien tendamos a no creer lo que dice. Pero puede suceder que creamos en alguien y no creamos lo que dice, porque pensemos que está mal informado en ese tema, como pueden ser las cuestiones fiscales. Y también puede suceder que no creamos en alguien y sí creamos algo que dice, porque no tiene motivos para mentir en eso que dice, como puede ser el tiempo de salida de un avión. Creemos en alguien cuando pensamos que no mentirá, aunque tenga motivos para hacerlo.


Verdad, veracidad, falsedad y mentira

La verdad es la adecuación de la mente o de la palabra con la realidad. Si pienso que es de día, y realmente es de día, mi pensamiento es verdadero; en caso contrario es falso, erróneo, porque discrepa de la realidad. Si digo que es de día, y realmente es de día, mi palabra es verdadera; en caso contrario es falsa, errónea. La verdad se opone al error, a la falsedad; es algo intelectual. La veracidad, en cambio, se opone a la mentira; es algo moral. La veracidad es la adecuación de la palabra con la mente; y la mentira es la inadecuación o discrepancia de la palabra con la mente, en lo cual hay intención de engañar, es decir, hay una falta moral.

Por eso es posible que alguien no diga la verdad, y al mismo tiempo no esté mintiendo, porque simplemente está mal informado, sin que tenga ninguna intención de engañar. Claro que también es posible que alguien tenga intención de engañar y que, de casualidad, diga la verdad, porque le atinó sin querer; pero se trata de un caso menos interesante. Por tanto, podemos no creerle a una persona mal informada en un tema determinado, sin que por eso dejemos de creer en ella, ni de estimarla, ni de amarla; y ella no tiene por qué sentirse ofendida de que no le creamos en ese tema.

Es fácil saber que alguien no dice la verdad; basta conocer la realidad. Pero no es fácil saber que alguien miente; habría que conocer su mente, sus pensamientos, su conciencia. Sólo Dios puede penetrar en las conciencias. Por eso, en rigor, para nosotros ―y por nosotros mismos― es imposible saber si alguien miente; se trata de algo que únicamente podemos sospechar. Y también por eso nunca debemos aventurarnos a juzgar que una determinada persona miente; eso sería un juicio temerario. Siempre es preferible juzgar que la persona está mal informada, que razonó mal, que algo extraño sucedió en el interior de su mente, y no que tuvo la intención de engañar. Lo cual no impide que procuremos defendernos en el caso de una razonable sospecha.


Importancia de la fe en nuestras vidas y en las ciencias

Es muy conveniente tener claras estas ideas y difundirlas lo más posible, al menos entre nuestros allegados, a fin de no tener conflictos relacionados con los conocimientos logrados por fe, ya que no podemos vivir sin ellos. La solución no es prescindir de la fe, perder fe, porque la fe impregna todas nuestras vidas. Perder fe es perder calidad de vida.

Todos los conocimientos históricos se apoyan en la fe. Sabemos quiénes son nuestros padres gracias a la fe. Nos sometemos a una intervención quirúrgica porque tenemos fe en el médico. Nos subimos a un avión porque tenemos fe en el piloto. Nos casamos porque tenemos fe en que la otra parte nos será fiel, y porque tenemos fe en que nosotros le seremos fieles a la otra parte. Estudiamos y aprendemos porque tenemos fe en los maestros y en los autores de los libros. Hacemos contratos porque tenemos fe en que los cumpliremos. La palabra dada se apoya en la fe. Sin fe nuestras vidas se derrumbarían.

Flota en el aire la idea de que la fe se opone a la ciencia. Nada más falso. El avance científico también se apoya en la fe, sin posibilidad de lo contrario. Dicho en otros términos, es de la naturaleza misma de la ciencia humana el apoyarse en la fe que los científicos se tienen entre sí. Unos avanzan sobre lo que los otros hicieron, porque les creen.

Ningún científico rehace todos los conocimientos desde el principio; no es posible; tiene que creerles a los otros. Más aun, un mismo científico sólo puede avanzar si se cree a sí mismo lo que descubrió o demostró en el pasado. De no ser así, la ciencia humana sólo abarcaría lo que un mismo científico puede tener absolutamente claro en su mente, simultáneamente, en un solo momento; la ciencia humana se reduciría prácticamente a nada, o casi a nada.

También estamos perdiendo fe en Dios, con la consecuencia de que nuestras vidas no sólo empiezan a deteriorarse en calidad, sino que incluso empiezan a carecer de sentido. Estamos empezando a padecer ceguera pneumatológica, que es la ceguera a las realidades espirituales, en contra de nuestras mejores tradiciones. Hay que recordar que el lema de la Universidad Nacional Autónoma de México es este: "Por mi boca hablará el espíritu".


pqh@hotmail.com

Si me escriben, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:22 PM · No comments
Feb 10

6. Estamos perdiendo moral

.
ESTAMOS PERDIENDO MORAL

La vida se nos ha hecho difícil (6)



Domingo 11 de marzo de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

La moral es un tema muy controvertido, más que la política y el deporte, y aun más que la religión.


Breve preartículo

Podemos decir que las controversias referentes a la religión se derivan de la moralidad implicada en ella. El punto de controversia está en que algo o alguien pueda normar nuestra conducta, decirnos lo que podemos y no podemos, lo que debemos y no debemos hacer. ¿Qué nos hará la vida más difícil, tener ese tipo de norma, o no tenerla?

Tuve algo de dificultad en decidir si incluir, o no, el tema de la moral en esta serie de artículos, subtitulada La vida se nos ha hecho difícil. El tema de la moral podría parecer estar fuera del género literario propio de unos artículos de tipo periodístico; el presente artículo podría correr el peligro de parecerles una especie de carta moralizante a algunas personas. Pese a lo anterior, la moral es uno de los aspectos básicos y determinantes de las características de la vida y el mundo de hoy; por lo cual resulta obligado abordar el tema en esta serie de artículos, que, si no me equivoco, serán nueve en total.

Tuve aun mayor dificultad en decidir el modo de abordar el tema. El problema radica justamente en que hoy, debido a las características de nuestro mundo, toda mención de cuestiones morales tiende a interpretarse como sermonear, sobre todo si se habla de moral, y no tanto de ética. Por ética hoy suele entenderse un determinado conjunto de códigos de comportamiento ―códigos de honor― que están bien vistos en ciertos grupos o asociaciones de personas, como banqueros, empresarios, militares, etcétera. Por moral, en cambio, hoy se sigue entendiendo lo mismo que siempre se entendió, es decir, la valoración de la bondad o maldad de los actos humanos libres; disciplina llamada preferentemente moral, en Teología, y preferentemente ética, en Filosofía.

Hay dos notables códigos de honor que pretenden suplir a la moral: 1) el derecho civil, sobre todo en países sajones; y 2) la decencia, en todas partes. Si la ley civil lo permite, entonces está bien, es lícito, aunque se trate del aborto. Si se hace con decencia ―con toda limpieza, buenos modales, manteles largos y en buena casa―, entonces está bien, es lícito, aunque se trate de un adulterio.

El hecho es que hoy importa menos obrar bien que obrar conforme a nuestros códigos: ¡nos hemos colocado por encima del bien y del mal! El bien ha dejado de ser un valor, en nuestra consideración, y pretendemos substituirlo por códigos decididos por nosotros. En tales circunstancias, la moral ha empezado a verse como cosa de niños y de viejitas que van a la iglesia al Rosario de la tarde. Por eso, para evitar malos entendidos y poder abordar la cuestión de fondo, la que verdaderamente importa, es conveniente que aquí hablemos de moral, más que de ética, y que así definamos y zanjemos bien la cuestión.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

Que la moral se considere hoy como cosa de niños y de viejitas de iglesia, es quizá el hecho que más mal habla del hombre actual. Por supuesto que nadie lo dice así, con esta claridad; pero, calladita la boca, se deja de lado la moral cuando se trata de negocios: “business is business” (los negocios son los negocios). En coherencia, habría que decir que Sócrates, Cristo, Gandhi, Luther King, y tantos otros, fueron como niños o viejitas. Y quiero dejar en claro que si he usado estos ejemplos no es porque yo tenga en poco a los niños o a las viejitas, sino porque los tienen en poco quienes hoy carecen de moral, como lo prueban el aborto y la eutanasia.

Tal vez la mejor forma de enfocar el tema ―sin que pueda parecer un enfoque moralizante― sea la consideración de que toda reducción moral es una reducción de hombría, no en el sentido de machismo, sino de carácter humano, de condición humana, de dignidad humana. Dicho de otra forma, así como el hombre es un animal racional y un animal social, es también un animal moral, ético; ya lo habían notado los griegos desde antes de Cristo.

Y esto es así porque el hombre es también un animal de valores, y porque el bien es un valor, y porque la moral estudia la bondad de los actos humanos libres; y, finalmente, porque el bien, como todos los auténticos valores ―ser, verdad, belleza, unidad, etcétera―, vale por sí mismo, se justifica por sí mismo, sin depender de nada exterior a sí mismo. Por eso minusvalorar la moral es animalizarse, embrutecerse, perder hombría, condición humana, como ya se dijo.


Dos órdenes fundamentales

Otra forma de enfocar el tema es considerar que hay dos órdenes fundamentales, el teórico y el práctico; y que el orden teórico está por encima del práctico, como que 2+2=4 está por encima de todo lo que se haga en la práctica, porque no puede ser de otra manera; y que, dentro del orden práctico, el orden moral está por encima de todos los otros. Las leyes morales son imperativos categóricos, no hipotéticos o condicionales. Un ejemplo de imperativo hipotético, o condicional, puede ser este: trabaja mucho, si quieres ganar mucho. La condición es clara: si quieres. De lo contrario, puedes no trabajar tanto.

Bochenski, filósofo del siglo XX, usa el siguiente ejemplo de imperativo categórico: No cortarás el cuello de tu madre. Y luego considera muchas excusas para justificar que se pueda cortar el cuello de la propia madre: si no lo cortas va a haber un conflicto social... una guerra nacional... una guerra mundial... ¡va a explotar el universo! Si explota el universo, de todas formas morirá tu madre; corta, pues, el cuello de tu madre y salva al menos el universo. Y finalmente responde: No cortaré el cuello de mi madre, aunque explote el universo y mi madre muera en la explosión; es muy distinto que mi madre muera porque explote el universo, de que muera porque yo le corte el cuello.

Bochenski tiene razón, indudablemente; su ejemplo es clarísimo y nos permite apreciar el carácter categórico de los imperativos morales, de las leyes morales: No cortarás el cuello de tu madre, ¡y punto!, ¡y basta!, ¡sin condicionamientos! Así es la moral, y si no la sigues te animalizas, te embruteces, como si fueras un conejo, una vaca, un rinoceronte...


El impactante criterio moral de un pagano

Sócrates, un griego pagano anterior a Cristo, sin tener aún el concepto de persona y como intuyéndolo, dio el siguiente criterio moral: Es preferible padecer la injusticia antes que cometerla. Es preferible que me mientan, a que el mentiroso sea yo; es preferible que me roben, a que el ladrón sea yo; es preferible que me maten, a que el asesino sea yo, etcétera. Y Sócrates permitió que lo mataran, lo mismo que Cristo, y Gandhi, y Luther King, y tantos otros.

Hoy podríamos traducir el pensamiento de Sócrates diciendo que todo es preferible antes de que sea yo quien lastime a una persona, dada su dignidad y sus derechos. Padecemos ceguera hipostática, pues no somos capaces de ver a la persona que hay en todo ser humano. Muchos moralistas actuales no acaban de entender la finura de las auténticas exigencias morales planteadas por Sócrates.

El hombre sin moral sonríe y piensa: Pobres imbéciles, así nunca van a ganar dinero. No lo estoy inventando; me lo han dicho, y me parece muy bien... ¡pero muy bien!... que el hombre sin moral se defina: el dinero es su valor, el dinero es su dios, o el poder, o la fama, o el placer.

Pero que entonces no se queje cuando ―con todo su dinero y poder― la enfermedad le impida comer, ni cuando la impotencia le dificulte el sexo, ni cuando la vejez le impida viajar, ni cuando se quede solo y dependa de un sirviente para moverse y asearse, ni cuando la decrepitud le impida mandar, ni cuando el temor a la muerte lo paralice, ni cuando se peleen su herencia en su funeral, ni cuando disfrute su dinero el nuevo marido de su viuda. ¡Vaya grandeza, la del hombre sin moral!


La moral como la guía hacia la dicha

La moral es también como el conjunto de los letreros que indican el camino a la dicha, a la realización humana digna y completa. Por eso, ¡contra moral no hay dicha! Y por eso día a día, paso a paso, decisión tras decisión, al hombre sin moral la vida se le va haciendo difícil; y no sólo eso, sino que también él les va haciendo la vida difícil a los demás. Él cree que las dificultades de la vida moderna le impiden pensar en la moral, y valorarla, cuando en realidad es la falta de moral lo que le dificulta la vida.

Sin duda tenemos libertad física de tomar un rifle y matar a algunas personas desde la azotea de nuestra casa, pero no tenemos libertad moral de hacerlo, aunque nadie nos descubra. ¿Qué significa este no tener libertad moral de hacerlo? ¿Qué tipo de impedimento es éste? ¿Por qué la moral ha de poder limitarnos? Si no pudiera limitarnos, deberíamos sostener que cualquiera tiene libertad de matarnos con un rifle desde la azotea de su casa. ¿Por qué no? ¿Por qué la moral ha de poder limitarlo? Aun antes de encontrar una respuesta, podemos considerar que si no existieran los límites morales cualquier persona podría matar a otras, nada más por gusto. Por tanto, debe existir este tipo de límites, y los hemos llamado límites morales.

Una primera respuesta a las preguntas anteriores es que las personas son tan valiosas que tienen dignidad y derechos, que deben ser respetados, que no deben ser violados, o que hay obligación moral de respetarlos y que no hay libertad moral de violarlos. He ahí el origen de la moral: la dignidad y los derechos de las personas. A eso se debe que las personas seamos sujetos de moralidad.

Entonces efectivamente hay algo, o alguien, que puede normar nuestra conducta, y que de hecho la norma. Tal realidad no debería molestarnos, como no nos molesta que nuestra conducta sea determinada por la fuerza de gravedad. Y así como podemos considerar las negativas consecuencias de que no hubiera gravedad, también podemos considerar las negativas consecuencias de que no hubiera moralidad. De hecho las estamos padeciendo en la actualidad. Dejémoslo así, pues, al menos por ahora.



pqh@hotmail.com

Si me escriben, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:13 PM · No comments
Feb 10

7. Estamos perdiendo familia

.
ESTAMOS PERDIENDO FAMILIA

La vida se nos ha hecho difícil (7)



Domingo 18 de marzo de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Muchas parejas piensan que el matrimonio es hoy una mala opción.


Breve preartículo

En la actualidad cada vez comprobamos más que muchas parejas juzgan que la familia es de menor importancia que el trabajo, pues tanto él como ella empiezan a considerar que el trabajo los autorrealiza más. También piensan que la educación de niños no es una actividad propia de ellos, sino de personas que consideran de menor nivel, como profesoras y normalistas. Y así el hogar se va convirtiendo en un hotel cualificado, y los hijos van creciendo sin suficiente amor y unidad familiar.

Las pérdidas mencionadas en los artículos anteriores de esta serie, La vida se nos ha hecho difícil, sobre todo las de amor y moral, nos están llevando a un continuo deterioro de la familia. El porcentaje de niños que nacen fuera de una familia es cada vez más alto. Incluso estamos llamando “matrimonios” y “familias” a uniones que en realidad no responden a esos nombres. La falta de un compromiso estable indica pobreza de amor en la relación de tales parejas. Sus hijos crecen sin respirar el debido amor conyugal de sus padres, ni el auténtico amor familiar; se desarrollan con un vacío de amor en sus corazones y suelen convertirse en futuros inadaptados o malhechores, porque ese vacío se les convierte en resentimiento.

Mucho se ha repetido que la familia es la célula de la sociedad. Tomando un giro anglicista diríamos que las familias son los ladrillos de construcción de la fábrica social. Y es verdad, por mucho que la repetición haya desgastado tales frases. Además, el núcleo de la familia es la unidad conyugal, y el combustible cohesivo de la unión conyugal es el amor conyugal. Por tanto, del amor conyugal depende la unión y la estabilidad familiar, la higiene mental y emocional de los hijos y, finalmente, la salud de la sociedad, hoy en proceso de globalización. En síntesis, la salud mundial depende finalmente del amor conyugal.

Por eso es tan importante conocer la naturaleza del amor conyugal. ¿Podemos diseñarlo o está diseñado ya? ¿Se fundamenta en el matrimonio o podemos lograrlo en otro tipo de uniones? ¿Cómo inicia, cómo termina, cuál es su duración? ¿Cómo funciona o cómo se ejerce? ¿Es un medio para lograr algún fin o es un fin en sí mismo? Se trata de preguntas a las que debemos buscar respuesta de una manera personal a fin de lograr convicciones, pues el pretender seguir tradiciones familiares, sociales o religiosas, sin convicción, es algo que está dejando de funcionar.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

El amor conyugal es tan importante que estar perdiendo familia equivale prácticamente a estar perdiendo amor conyugal. Sin el amor conyugal la familia difícilmente surge, ya surgida funciona pobremente, y ya en funciones su estabilidad peligra. Aun así, tendemos a rebelarnos contra lo que implique obligación en el amor conyugal, que, como todo amor, es libre. Tendemos a rebelarnos contra lo que pretenda normar nuestros actos libres; y por eso tendemos a rebelarnos contra la moral.

No sucede lo mismo respecto a lo que no depende de nuestra libertad, como las leyes fisicoquímicas o nuestra realidad de seres humanos. Sin embargo, a medida que nuestra libertad se expande, gracias a la tecnología, nuestra rebelión también va en aumento. Por ejemplo, muchos no aceptan ya su propio sexo, y los avances de la genética pronto permitirán que se experimenten alteraciones en la naturaleza humana misma.

Sea de ello lo que fuere, lo seguro es que el amor conyugal es libre, y que es factible y atractivo rebelarse contra él y contra las obligaciones que implica, tanto más si son de tipo conyugal y familiar. Además, anda por ahí la idea de que tener libertad es poder hacer lo que se quiera, sin obligaciones; y también de que, puesto que el amor es libre, no implica obligaciones.


Hay obligaciones en la libertad

La realidad es justamente al revés: podemos tener obligaciones precisamente por ser libres. Hay semáforos porque somos libres de detenernos ante ellos; nadie le pone semáforos a un río, porque el río no es libre de detenerse ante ellos. Ponerles semáforos a los ríos sería mucho más fácil y económico que construir presas. Las obligaciones no son la libertad, pero ciertamente son signos de libertad, porque la implican. Por tanto, puede haber y de hecho hay obligaciones que norman nuestra libertad, también en lo referente al amor, y en concreto al amor conyugal; pero como somos libres, podemos violar esas obligaciones.

Dichas obligaciones son razonables, buenas, y su existencia nos hace la vida más llevadera y agradable, sobre todo en un mundo acelerado, como el de hoy. Todos sabemos que en una ciudad con un tráfico intenso, como la de México, es más difícil conducir cuando los semáforos están apagados, pues inmediatamente se producen embotellamientos. Y lo mismo sucede con las obligaciones de la vida; por eso hoy, al ir apagando libremente nuestros “semáforos vitales”, estamos quedando “vitalmente embotellados”.

Una persona me decía lo siguiente: Si yo hubiera sido consejero de Dios a la hora de la creación, las cosas habrían sido... ¡muy diferentes! Quizá sea bueno intentar ese experimento. Respetando lo que ya está dado, como la naturaleza humana, la fuerza de gravedad y tantas otras cosas, procuremos al menos diseñar y proyectar ―a nuestro propio criterio― el modo de ser de los actos libres conyugales y familiares.

¿Deberán ser los padres los educadores de sus hijos? ¿Deberán los hijos obedecer a sus padres? ¿Será conveniente la monogamia, o quizá sea preferible la poligamia, la poliandria o la total promiscuidad? ¿Será conveniente que la familia viva bajo un mismo techo, duerma junta, coma junta y tenga un horario, aunque sea mínimo y flexible? ¿Será bueno para los hijos que sus padres permanezcan unidos toda la vida, o será preferible que se separen y formen nuevas uniones, con o sin nuevos hijos? ¿Será mejor que la naturaleza del amor sea perpetuarse, o quizá sea mejor que tenga un fin previsto? Y así en todo lo demás... ¡diseñémoslo a nuestro criterio!

Si tomamos en serio hacer el experimento de tal proyecto, quizá descubramos que es muy conveniente ―o incluso necesaria― la existencia de algunas normas, y que muchas de esas normas son las que ya existen. Y quizás eso nos ayude a controlar nuestras rebeldías y nos sea más fácil tratar de vivir y convivir con nuestra familia. Observemos que los padres quieren que sus hijos los obedezcan, y que de ninguna manera piensan que tal obediencia atente contra su libertad ni que viole su dignidad y derechos.

Y lo mismo piensan los hijos, respecto a sus padres, cuando quieren que sigan casados. Y lo mismo piensan todos cuando quieren que los demás cumplan sus obligaciones. El problema se presenta únicamente con el cumplimiento de las obligaciones propias: ¡ésas sí que atentan contra nuestra libertad y violan nuestra dignidad y derechos! En verdad... en plata... ¿no es ésta una actitud pueril?


El proceso histórico de la desunión familiar

Desde otro punto de vista, hay circunstancias históricas que han favorecido la desunión familiar y, consecuentemente, las formas de pensar adversas a la unión familiar. Una de las principales fue la invención de la máquina de vapor, que dio lugar a la aparición de las fábricas; y otra fue la idea napoleónica de una escuela obligatoria, gratuita y laica. Antes de todo eso, hace apenas un par de siglos, la humanidad era analfabeta en su mayoría, pues las escuelas eran de elites, como sacerdotes, militares y nobles.

Los padres de familia solían trabajar en su casa o tener un tallercito junto a ella; y allí marido y mujer se ayudaban mutuamente, ya fuera que ella le llevara a él un jarro de agua fresca o que él le ayudara a ella a mover algo pesado; y los hijos eran aprendices del oficio del papá, mientras que las hijas ayudaban a la mamá en las labores de la casa.

Pues resultó que fábrica y escuela se fueron desarrollando de forma paralela, y que la fábrica sacó del hogar al padre, mientras que la escuela hacía lo propio con los hijos. Y la madre se fue quedando sola en el hogar, o por lo menos sin compañía adulta, sola con los hijos pequeñitos; mas pronto aparecieron los jardines de niños, y con el tiempo la madre acabó por irse al salón de belleza, al club deportivo o a trabajar en alguna empresa.

Así fue como las paredes y techos de la casa, el hogar, se fue quedando solo, o en manos de la servidumbre, durante la mayor parte del día. Poco a poco los horarios se fueron relajando y el hogar se fue convirtiendo en una especie de hotel cualificado, donde cada quien desayuna, come, cena y duerme a la hora que quiere, si es que lo hace en su casa.


Las labores de padres e hijos favorecen hoy la desunión familiar

El trabajo del padre consiste en ganar el sustento familiar; el de los hijos consiste en estudiar en la escuela, y el de la madre en atender la casa, si no tiene servidumbre. Y si la tiene, su trabajo hogareño suele hacerse más y más indefinido. El hecho es que la familia ha dejado de convivir, y de conocerse y valorarse, mientras trabaja. La mujer no valora al marido mientras trabaja; quien lo valora es la secretaria o a la asistente ejecutiva, y él a ella, y por eso suelen enredarse. La mujer no es valorada mientras trabaja domésticamente, y por eso quiere dejar ese trabajo y salir a trabajar fuera del hogar.

Los hijos suelen ser unos vagos, en el sentido de pasársela en grupos de amigos hasta salir del bachillerato, sin saber casi nada de lo que se supone debieron aprender en 15 años de escuela ―incluido el kinder―: ni hablar correctamente, ni escuchar, ni leer, ni escribir, ni Geografía, ni Historia, ni Matemáticas, ni Física, ni Química, ni civismo, ni moral, ni religión, ni ayudar en su casa... y mucho menos trabajar. Y esto no habla mal tanto de los hijos, sino principalmente de la escuela, de nuestro sistema educativo en general.

Fuera de quienes han tenido que trabajar desde chicos por necesidad, lo dicho en el párrafo anterior es lo que suele suceder. Yo quisiera enfatizar que no es un párrafo que pretenda lograr efectos de expresión; ni siquiera es un párrafo que exagere, sino que quiere tan sólo expresar la verdad con claridad, aunque se trate de una verdad cuya claridad sea cruda.

Lo que importa es destacar el hecho de que la familia se está desuniendo, está dejando de convivir, está dejando de conocerse y valorarse mientras trabaja; todo lo cual redunda en falta de comprensión mutua, en carencia de amor y en soledad. Un vacío socava el interior de cada miembro de la familia; vacío que buscará llenarse con lo que sea ―dinero fácil, alcohol, infidelidades, amantes, drogas, agresividades, depresiones― y que tenderá a separar definitivamente a los padres y a hacer de los hijos unos conflictivos o unos malhechores.

No deja de ser aleccionador el hecho de que el terrorismo se desarrollara entre árabes, que han tenido harenes en vez de familias bien constituidas. Estar perdiendo familia es indudablemente un foco rojo. Menos mal que la invención de la computadora ha hecho posible trabajar y estudiar virtualmente, y que, al contrario de la máquina de vapor, está regresando al hogar a los miembros de la familia, empezando por el padre. Ojalá que sepamos aprovechar estas nuevas oportunidades para volver a la unidad familiar.


pqh@hotmail.com

Si me escriben, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:10 PM · No comments
Feb 10

8. Estamos perdiendo esperanza

.
ESTAMOS PERDIENDO ESPERANZA

La vida se nos ha hecho difícil (8)



Domingo 25 de marzo de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

¿Tenemos o no tenemos esperanza? ¿Está aumentando o disminuyendo? Tal vez ni siquiera sean claras estas preguntas.


Breve preartículo

Carecer de esperanza puede ser algo obscuro, poco consciente, pero que de todas formas nos afecta. Es algo distinto de otras carencias más notorias, como no tener fuerzas o no tener ganas. Si tenemos pobreza de esperanza, el tomar conciencia de ello puede ser más doloroso, pero suele ser menos peligroso, porque nos pone en alerta: ¡algo anda mal, muy mal, en nuestras vidas!

Cuando en la vida práctica vamos aceptando que nuestro trabajo está por encima de la familia y del amor, y que además ese trabajo tiene la finalidad de ganar dinero, nuestras esperanzas comienzan a desdibujarse. Nos empieza a suceder lo que decía el viejo tango: “Verás que todo es mentira; verás que nada es amor; gira, gira...”. Nuestra vida se nos va convirtiendo en un girar y girar sin sentido.

Podremos ganar más dinero, pero, como el dinero es un comodín, podemos caer en la tentación de pretender comprarlo todo. Y nos sucede como al joven que no se casa para no amarrarse con ninguna, y así tener la libertad de conquistarlas a todas. Al menos eso piensa, pero la realidad es que por querer tener una mujer comodín, en realidad no tiene ninguna; y ya de solterón empedernido, también a él se le van desdibujando sus esperanzas.

Tener esperanza es esperar algo, tener una ilusión, un proyecto de vida cuya realización se espera; es esperar que llegue una nueva etapa de la vida, como quien espera que llegue el día de su boda. ¿Cuál es la siguiente etapa que yo espero en mi vida? ¿Tengo un proyecto de vida interesante, apasionante, y la ilusión de realizarlo? El objeto de mi esperanza debe ser algo que me satisfaga, que me realice, que aumente mi nivel de dicha; y que, si no me da la dicha completa, al menos me abra horizontes y posibilidades de otros proyectos más dichosos, y así sucesivamente.

El solo dinero no puede ser el objeto de nuestra esperanza, y de hecho los que buscan el dinero no piensan así; sólo el avaro piensa así, y quedó bien ridiculizado en Rico McPato, que tenía una alberca llena de dinero y nadaba en él. Quien busca el dinero no pone su esperanza en el dinero mismo, sino en todo lo que con el dinero puede comprar; pero se trata de una falsa esperanza, porque con el dinero no se puede comprar lo que da la dicha, como el amor, el saber, una vida que perdure, etcétera.

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

La esperanza está estrechamente ligada a la vida. Así se dice en todas partes: Mientras hay vida hay esperanza. No puede haber esperanza si la vida se va a acabar, a menos que la persona cultive una falsa esperanza por querer ver sólo a corto y mediano plazo, al plazo de lo que su juventud y madurez pueden durar, negándose a mirar a un plazo mayor. Mas el tiempo es implacable, y siempre llegarán las enfermedades, una muerte prematura o la vejez; y entonces no será posible seguir evadiendo el fin de la vida presente.

Si con la muerte toda vida termina, entonces no hay lugar para la esperanza. Por la naturaleza misma de la esperanza, ésta no puede darse si no hay otra vida ―que sea perdurable― después de la muerte, independientemente de que esa otra vida tenga o no su fundamento en Dios. Ciertamente la vida futura tiene su fundamento en Dios, al igual que la presente, aunque el ateo no lo sepa; sin embargo, aun para el ateo la esperanza es amenazada por una muerte con la que toda vida termina. Se trata de la noción misma de esperanza, que pide vivir perpetuamente, aun al margen de cuál sea su fundamento.

Conocemos pocos detalles de la vida futura; sin embargo, sabemos que la puerta que nos conduce a ella es la muerte. También sabemos que la muerte es como una aduana en la que sólo pasa lo que se es, y no lo que se tiene. Uno pasa por esa puerta, mas no pasa ninguna de la propias pertenencias, ni siquiera la ropa puesta. Esta sola realidad habla bien de la cultura del ser, contra la cultura del tener. Nada de lo que tengas pasará por esa aduana que es la muerte; todas tus pertenencias, sin excepción, se quedarán acá; esto es absolutamente seguro.


Importancia del amor y cultivo de los valores y las virtudes

Si lo que hemos amado en esta vida han sido nuestras pertenencias, al pasar a la otra vida sufriremos la sorpresa de perderlas; y no sabemos cómo se resolverá allá ese sorpresivo sufrimiento. Lo notable del asunto es que las realidades que pueden pasar a la otra vida son realidades que también podemos valorar, amar y cultivar en la vida presente; y si lo hacemos pasaremos a la otra vida junto con las realidades que amamos, de modo que no habrá el mencionado sufrimiento sorpresivo.

Tales realidades son las que enriquecen nuestro ser, esto es, los valores y las virtudes o actitudes que conducen a ellos: la verdad es alcanzada por el conocimiento; el bien, por el amor; la belleza, por la apreciación; la unidad, por la concordia, etcétera. Son los valores los que dan la dicha en todas partes, incluso en este mundo, aunque sea de manera incompleta; esto se debe a que aquí los valores no son poseídos de manera completa, lo cual sólo se logra en la unión con Dios, por ser la Fuente de los valores.

Hechas las aclaraciones anteriores ―indispensables para entender la noción misma de esperanza― y si la esperanza no es destruida por el temor a una muerte con la que toda vida termina, entonces podemos hablar de auténtica esperanza en las diversas actividades y etapas de nuestra vida presente, incluso sin tener que estar pensando explícitamente en la muerte y en Dios. Digo esto porque hay personas a las que les molesta tener que pensar explícitamente en la muerte y en Dios. No hay problema; incluso ellas pueden tener auténtica esperanza, aquí y ahora, de manera tangible; basta que se apoyen en los valores.

También aquí, en este mundo, tejas abajo, la esperanza es alimentada por los valores y por las virtudes o actitudes que conducen a ellos, como la verdad y el conocimiento, el bien y el amor, etcétera. La esperanza trae consigo paz, serenidad, ilusión, planeación, paciencia, perseverancia, trabajo, creatividad, productividad, seguridad, preocupación por los demás, conciencia social, atención por el mediano y largo plazo, alegría, ¡dicha!, en una palabra.

Se trata de algo completamente distinto de la falsa dicha provocada por la excitación de proyectos riesgosos de gran utilidad y deslumbramiento a corto plazo. En estos proyectos suele intervenir en gran medida el deseo de probar la propia habilidad y autosuficiencia, es decir, el amor propio. La esperanza, en cambio, favorece proyectos en los que se aprecia mucho el propio aprendizaje gracias a la intervención y ayuda de los demás, y en los que se busca ―sabiendo esperar― el correcto desarrollo de los acontecimientos con un gran respeto por sus naturales etapas y tiempos. La esperanza camina de la mano con la humildad.


Proyectos alimentados por la esperanza

Los proyectos alimentados por la esperanza suelen estar relacionados con etapas valiosas de la vida. Por ejemplo, el niño espera llegar a adulto, el adolescente espera llegar a sostenerse por sí mismo, el estudiante espera terminar su carrera; todos esperan el día de su boda, formar una familia, que sus hijos se desarrollen y hagan sus propias vidas. En el ejercicio de la profesión la esperanza alimenta el proyecto de ejercerla en servicio y beneficio de los demás. Mientras más se realiza el proyecto, en mayor medida se ayuda a los otros, como el médico que quiere ejercer su profesión, para así curar más y más enfermos. Todo esto, poco a poco, va construyendo la dicha.

En cambio, los proyectos que no están alimentados por la esperanza suelen estarlo por el amor propio, por el deseo de probar la propia superioridad, por el afán de lucimiento, de fama, de placer, de riquezas, de poder. Así sucede con el que quiere destacar en la profesión, más que ejercerla; por ejemplo, con el médico que quiere destacar y ser el número uno en su ciudad, en su país o en el mundo entero, dependiendo del tamaño de su ego.

Con el afán de destacar en su profesión, sólo puede haber un médico feliz en la ciudad, en el país o en el mundo entero; mientras que con el deseo de ejercer su profesión, todos los médicos pueden ser felices curando a sus pacientes. El afán de destacar en la profesión, compitiendo con los demás, es algo angustioso, que provoca inseguridad, miedo, infelicidad; en cambio, el deseo de ejercer la profesión, en colaboración con los demás, es algo esperanzador, que produce serenidad, seguridad, tranquilidad, felicidad.


La esperanza nos muestra un mundo acogedor y bello

La esperanza lleva a ver este mundo como un regalo y a gozar viviendo en él, cuidándolo, cultivándolo, sirviéndolo, haciéndolo más acogedor y procurando dejarlo ―para los que vengan después― un poco mejor que como lo encontramos. El que no tiene esperanza ―¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!― quiere comerse el mundo cuanto antes, enriquecerse, dominar, hacerse servir, admirar y temer.

El anciano padre de uno de mis amigos me hacía observar, diciéndome: Mira a todos estos muchachitos que salen de las universidades queriendo comerse el mundo; lo que no saben es que el mundo se los va a comer a ellos. Y es verdad; he podido observar con qué facilidad son devorados por el mundo, y cómo viven sin esperanza. Siempre hay alguien más poderoso que uno, más rico, más famoso, más guapo, más listo. El anhelo de ser el número uno es algo inútil; y a quien lo logra, el gusto le dura un día; es algo desesperanzador.

La esperanza no nos impulsa a comernos el mundo egoístamente, sino a alimentarlo altruistamente, cuidándolo y cultivándolo con la ayuda de los demás, y sobre todo con la de Dios. Entonces el mundo es visto como un hogar acogedor, donde nosotros y nuestros hijos podemos vivir y crecer a gusto. Y de todo esto queda en claro que hoy, al querer comernos el mundo competitivamente, estamos perdiendo esperanza.



pqh@hotmail.com

Si me escriben, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:07 PM · No comments
Feb 10

9. Estamos perdiendo a Dios

.
ESTAMOS PERDIENDO A DIOS

La vida se nos ha hecho difícil (9)



Domingo 1° de abril de 2001.

Autor: Paulino Quevedo.
Dr. católico, filósofo, laico y casado.


Hola, amigos:

Estamos intentando construir una civilización sin Dios: ¿legítimo proyecto moderno o... locura humana?


Breve preartículo

Ya no le agradecemos la vida a Dios, sino a la evolución. Ya no pensamos que el universo provenga de Dios, sino del Big-Bang. Ya no queremos aceptar la naturaleza dada por Dios, sino que pretendemos diseñarla genéticamente. Ya no queremos que la autoridad venga de Dios, sino del pueblo. Ya no estamos diferenciando el bien y el mal a partir de la Ley de Dios, sino de legislaciones decididas democráticamente. Y todo esto no es exageración ni broma, pues de hecho se están practicando el aborto, la eutanasia, la pena de muerte, los “matrimonios” de homosexuales y lesbianas, etcétera, etcétera.

Estamos intentando construir una civilización sin Dios... ¿Estamos?... o quizás haya que responder como los niños: “Estamos... ¡es mucha gente!”. Digo esto porque en Internet han aparecido noticias de que en Estados Unidos se han hecho encuestas para averiguar si la gente acepta la tesis creacionista o la evolucionista respecto al origen del hombre. Los resultados han mostrado que la tesis creacionista es tan aceptada como la evolucionista, como por mitades. Y un científico comentaba, alarmado, que nunca habría pensado que la formación científica del pueblo estadounidense fuera tan pobre. Negar todo creacionismo sería un evolucionismo radical. Pienso que en la gran mayoría de los otros países la aceptación del creacionismo habría sido aun mayor.

¿Qué habríamos respondido nosotros? ¿Qué pensamos en realidad, que venimos de Dios o de algún tipo de mono?, ¿que fuimos diseñados y creados por Dios o que somos fruto de mutaciones genéticas aleatorias y de la selección natural? Además, pensar que venimos de Dios ¿responderá necesariamente a una falta de formación científica? ¿No será, más bien, que el hombre medio tiene sentido común, y que algunos científicos ―los “adolescentes” que quieren llamar la atención― están pretendiendo hablar en nombre de toda la comunidad científica y que los medios de comunicación les están haciendo el juego de manera amarillista? Ese juego ciertamente les conviene a ambos, pues repetir que Dios es el autor y creador de todo... ¡simplemente no es noticia!

Los grandes científicos siempre han sido teístas: Pitágoras, Arquímedes, Euclides, Aristóteles, Copérnico, Galileo, Descartes, Kepler, Newton... Incluso Einstein comentaba que no le convencía mucho que Dios hubiera diseñado el universo tirando los dados. El hecho es que algunos científicos modernos, los que hacen más ruido y trabajan creyéndose mucho unos a otros, han pretendido que a Dios no se le crea absolutamente nada y que su palabra quede totalmente excluida del mundo de la ciencia. Y estos científicos, que no le creen a Dios, ciertamente pretenden que nosotros les creamos a ellos. ¿Es esto razonable?

Aunque los artículos de esta serie pueden leerse independientemente, hay entre ellos una relación; debido a lo cual se aprovechará mejor la lectura de cada uno si se relaciona con la de los otros, que pueden encontrarse activando el vínculo o siguiendo la ruta que se ofrecen en seguida:

La vida se nos ha hecho difícil (los vínculos se pondrán en breve)


Cuerpo del artículo

La noción de Dios es muy distinta en la cultura oriental y en la occidental. Los orientales tienen una noción impersonal de Dios, de tipo panteísta. Dios se manifiesta dispersándose en forma de universo, para luego recogerse de nuevo, de modo que todas las cosas vuelven a su origen y se funden en Dios; y al hacerlo, pierden su individualidad. Todo es Uno: el árbol es Dios, la fuente es Dios, tú eres Dios, yo soy Dios...

Y a la pregunta directa, ¿soy yo Dios, en verdad, sí o no?, vienen las respuestas ambiguas: “Eres la gota del Gran Océano”, “Eres la chispa de la Divina Llama”. Toda la fuerza del principio de tercero excluido, sí o no, queda oculta bajo una poesía que no viene a cuento, que nada explica ni responde, sino que dispersa y diluye la fuerza de las preguntas clave. El misticismo oriental no usa el desarrollo racional; de modo semejante al pensamiento de algunos científicos modernos, razón y religión le resultan extrañas entre sí, pero en oriente a favor de su misticismo.

En la cultura occidental, desde la época de los antiguos filósofos griegos la religión y la ciencia se complementan. Desde sus orígenes la Filosofía fue considerada un conocimiento científico. A lo largo de la historia grandes filósofos y científicos han analizado diversas demostraciones de la existencia de Dios, y aun han aportado las suyas propias. Sólo en los últimos siglos ha surgido entre algunos científicos la tendencia a reducir la ciencia al mundo de lo material, y a dejar fuera del ámbito científico la Filosofía y la Teología en su totalidad.


La muerte se ha presentado como la gran victoriosa

El hombre naturalmente anhela perpetuarse, eternizarse y ser dichoso. Sin embargo, la muerte ha sido siempre la destructora de todos sus anhelos, como si fuera su acérrima enemiga, que lo derrota siempre. Bien se decía en la antigüedad que puedes hacer todos los planes y proyectos que quieras, que al cabo se te derrumbarán, se te frustrarán, no los gozarás, porque... ¡morirás!

Ya puedes enamorarte y declarar fidelidad eterna, e incluso ser bien correspondido; ese amor se apagará... ¡morirás! Otros vendrán a recoger tus despojos y los de tu amada.

Ya puedes planear una vida que busque el saber en continuo estudio e investigación... ¡morirás!

Ya puedes dedicarte al arte y a la conquista de la belleza... ¡morirás!

Ya puedes emprender proyectos empresariales de la mejor calidad en beneficio de la humanidad entera... ¡morirás!

No hay escapatoria, la muerte nos vence siempre; es la gran burladora de todas nuestras esperanzas; deja que nos entusiasmemos, que nos ilusionemos, que vayamos fomentando la esperanza... para finalmente dar su golpe certero, que corta todo sendero, que ciega todo horizonte.


Las respuestas no cristianas

Los orientales han reaccionado ante la muerte procurando apagar todo anhelo personal, todo deseo personal. Es preferible no anhelar, que ser frustrado en el anhelo. Es preferible optar uno mismo por acallar la mente y los sentidos en una “muerte” prematura, que ser derrotado por la muerte real. Es preferible estar ya “muertos”... cuando la muerte llegue. Es preferible pensar que la propia individualidad es un lastre, que soy sólo una emanación de una Divinidad impersonal y que al morir me fundo con Ella, liberándome así de esa imperfección que es mi propio yo.

No quieras, no proyectes, no ames, no anheles... para que no te frustres. ¡Claudica! Renuncia de antemano a tu yo. Date por vencido, indefectiblemente derrotado, aun antes de comenzar la lucha... ¡tan poderosa y victoriosa es la muerte!

Los griegos reaccionaron de otra manera. Unos dijeron que hay que aprovechar la vida mientras dura; es preferible ser mendigo en el mundo de los vivos que rey en el imperio de los muertos. ¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!

Otros dijeron que es natural morir, y que hay que seguir la naturaleza imperturbablemente. La naturaleza sigue su curso, y no podrás alterarlo. No pretendas, pues, alterarlo; acepta lo que venga, incluso la muerte, sin alterarte tampoco tú. Muere tranquilo, sereno, imperturbable, como un árbol...

Los mejores de los griegos aceptaron la muerte con espíritu aventurero. Al no saber qué había más allá, porque nadie había vuelto para contarlo, no tenían más motivos para ser pesimistas que optimistas; mas tampoco tenían pruebas ni conocimiento cierto de que hubiera otra vida, ni de que fuera mejor o peor que ésta.


La respuesta cristiana

En todos los casos la muerte fue la burladora de nuestros más profundos anhelos. La humanidad tuvo que vivir en un continuo temor a la muerte, más o menos consciente, más o menos callado. Al menos así fue hasta la profecía israelita de un Mesías que habría de venir a librarnos de la muerte; profecía que se cumplió con la Encarnación del Verbo Divino, con la llegada de Cristo. Él verdaderamente venció a la muerte, pues resucitó; y como de una u otra forma todos nosotros somos miembros de su Cuerpo Místico, nosotros también resucitaremos. De ahí la pregunta cristiana: ¿Dónde está, muerte, tu victoria?

Hoy muchos tienen un gran empeño en negar la resurrección de Cristo, pero contamos con el escepticismo histórico del apóstol Tomás, quien se negó a creer hasta que metió su dedo en los orificios de los clavos. Cristo resucitó, indudablemente, y muchos lo presenciaron y fueron sus testigos. No se puede tapar el sol con un dedo, ni se le pueden poner puertas al campo.

A partir de entonces el mundo cristiano, que incluye a la cultura occidental, pudo al fin anhelar y vivir sin temor a la muerte, y también sin temor a que cada persona perdiera su propia individualidad al morir; porque tuvimos ya la legítima esperanza en una vida futura de conocimiento y amor entre todos nosotros y con Dios, pero sin fundirnos en Él, sino conservando cada quien su propio yo.

Dios nos creó en nuestra individualidad y nos ama en nuestra individualidad. Teresa sigue siendo Teresa, santa Teresa, incluso en el Cielo. Y esa esperanza, con la consecuente pérdida del temor a la muerte, se fue transmitiendo de padres a hijos, y a amigos y conocidos, difundiéndose a lo largo y a lo ancho de la cultura occidental, hasta llegar a nosotros.


La herencia cristiana

Así ha sido como los cristianos hemos llegado a poder vivir anhelando y proyectando, al margen de una temerosa preocupación por la muerte, y aun sin ser plenamente conscientes de la causa de semejante liberación. Lo notable es que hoy, apoyados en la herencia de dicha liberación, haya tantos cristianos occidentales que, aburridos del cristianismo, lo critican y coquetean con las doctrinas orientales sin darse cuenta de la situación en que estarían de no ser por su herencia cultural cristiana.

Ciertamente los orientales tienen derecho de pensar lo que piensan y de creer lo que creen, y también de vivirlo y promoverlo; y nosotros debemos respetarlos y amarlos. Además, su religiosidad representa una búsqueda importante. Sin embargo, tienen un retraso de 2,500 años, porque parecen no haberse enterado de que hubo una cultura griega; y de haberse enterado, no parecen haberla entendido. Es una cultura que busca el desarrollo del intelecto y de todo lo legítimamente humano, por lo que fue una preparación para el advenimiento del cristianismo, dado que Cristo, la Inteligencia Divina en persona, pidió que todo el que fuera capaz de entender... ¡entendiera! De hecho, la Teología cristiana se desarrolló sintetizando razón y fe con apoyo en la Filosofía griega.

Cultura griega y cristianismo aportaron el concepto de persona, cuya dignidad y derechos son tan importantes hoy. Tenemos dignidad y derechos no tanto por ser humanos, sino más bien por ser personas. Por todo lo anterior, el conocimiento occidental de Dios como Alguien que conoce y ama ―creador del universo, Uno en esencia y Trino en personas, cuyo Hijo se hizo hombre por amor a nosotros―, es un conocimiento incomparablemente superior al de las religiones orientales, como también lo es el misticismo cristiano, consistente en una unión amorosa entre personas.

El problema es que hoy, al pretender seguir siendo cristianos y a la vez construir una civilización sin Dios, ni nos atrevemos a declararnos ateos ni vivimos el cristianismo auténtico, porque tememos que nos haga aparecer como menos modernos; y entonces buscamos interpretaciones que lo desvirtúen. En efecto, creer hoy en Dios con todas sus consecuencias, aceptando todo lo que ha revelado y todo lo que la Filosofía y la Teología nos enseñan, nos haría ver como poco ambiciosos, poco competitivos, poco evolucionistas, poco democráticos...

Nada más conveniente, entonces, que una interpretación impersonal de Dios, propia de un panteísmo naturalista, como el oriental, donde Dios se identifique con el universo y sus leyes, en vez de ser su creador. Pero no podremos dialogar con un Dios impersonal, ni lo podremos amar, ni podremos seguir conservando la esperanza en una vida futura, y acabaremos por volver al temor... Y esto es precisamente lo que nos está sucediendo: ¡estamos perdiendo a Dios!



pqh@hotmail.com

Si me escriben, favor de incluir la abreviatura "Resp." al inicio del "Subject", "Tema" o "Asunto", para reconocerla de inmediato y abrir el mensaje, en vez de borrarlo por el peligro de los virus.
Posted Feb 10 2010, 04:05 PM · No comments