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Tres son compañía; Rodea, Leto y Eburu
Topic Started: Sep 12 2009, 05:04 PM (148 Views)
Eburu
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La tibia luz del amanecer apenas terminaba de invadir los oscuros recovecos que se formaban entre cajas, y almacenes del puerto. Poco a poco esa luz dorada se convertiría en un aire frío que provocaría que la niebla no se disipase, y el lago adquiriera ese aire siniestro y poco servicial que indicaba la inevitable proximidad de problemas, como una señal advisoria de que algo, iba a comenzar.

La madera del puerto crujía bajo los pies de una gerudo, que solitaria, avanzaba hacia el punto concreto donde habían acordado reunirse. A sus oídos sólo llegaba el canto vespertino de los pájaros y el mundanal clamor de aquellos que ya partían hacia algún inhonóspito destino. Sus ojos buscaban con calma algún cartel con el nombre apropiado, mientras sentía su piel erizarse ante el fresco de la mañana. En su tierra, era el calor la sensación más familiar, aquel cambio la hacía sentirse extraña y fuera de lugar, y le provocaba la imperiosa necesidad de localizar aquella taberna cuanto antes para poder empezar con la tare a de la maestre Ruger.

El cartelón de la taberna "El Viento Ligero" oscilaba con suavidad en los desvencijados goznes que lo sujetaban a la pared. La luz del interior era ténue y vacilante, como si no hubiera apenas nadie o acabasen de despertar. Asió con determinación el pomo de la puerta y empujó hacia el interior. El olor denso y caliente que le llegó del interior la dejó fuera de sí: era una mezcla a comida, humedad y deshabidos fluidos humanos. Aquella pestilencia era sólo un reflejo del poco respeto que se profesaban no sólo entre ellos, sino hacia aquellos que mostraban el valor o la insensatez, de pisar su suelo pegajoso y mugriento. Algo de esperar entre gente que viajaban y perdían de vista aquello que únicamente podía anclarlos a una vida normal, se deshumanizaban y pasaban a convertirse en perros y cerdos ocultos bajo piel y forma de hombre. Muy pocas veces había sentido tal repugnancia por los hombres como en aquel momento.

En interior de la taberna albergaba unas cuantas mesas desperdigadas entre tabueretes de madera y toneles, varias columnas que en sus orígenes debieron tener hermosas figuras ahora únicamente mantenían en techo a salvo, aspilladas y deformas, por razones que las diosas sólo debían conocer. El posadero y una camarera se encargaban de limpiar el estropicio de lo que fue una noche movida con escobas. Cuatro ojos desconfiados se posaron en ella, que como un animal en territorio desconocido, mantenía una tensa calma.

-"Leche caliente y algo de comer, posadero" -masculló en tono imperativo mientras se sentaba en una mesa alejada cerca de la chimenea-. "Encended la chimenea, la mañana está fría".

Posó su aflida lanza contra la pared muy cerca de su mano mientras se permitía sentarse en el taburete en dirección a la puerta, para permitirse observar quien entraba o salía de allí. Ahora, sólo quedaba esperar la llegada de sus compañeros de viaje.
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Farore
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El camarero observó a la gerudo entrar y le tembló el labio inferior. Trató de reunir fuerzas para echar a la mujer del desierto de su establecimieno, pero si había sobrevivido durante veinte años como dueño de un antro portuario no era precisametne por ser un bocazas ni un valiente. No obstante era lo suficientemente listo como para cargarle el muerto a otro y miró a su mujer que ejercía de camarera.

"Pernope, encargate del encargo de la señorita, cariño."

Acto seguido se escabullo afanosamente a la cocina. Ambos propietarios de la posada eran Zora del dominio, por lo que aunque mantenían las distancias para con su cliente, se mostraron todo lo correctos que pudieron. No obstante Eburu pudo oler su miedo, intuir en sus ojos ese terror visceral que causaban las historias sobre el salvajismo gerudo. La leche y la comida (nueces deku y unos pequeños pescados fritos en salmuera) no se hizo esperar y si bien no eran las mejores que la guerrera hubiese probado en su vida, se habían cuidado mucho de no aguarle nada ni darle nada en mal estado.

El silencio matutino otorgó algunos momentos de paz hasta que finalmente algo comenzó a agitarse debajo de una mesa del tugurio. Arrastrandose de forma penosa un joven zora salió de debajo de la misma tambaleandose. Una vez tuvo sitio se incorporó y caminó tambaleante hasta dejarse caer en una silla frente a la gerudo. Era un tipo esmirriado, el pelo le caía sobre la cara tapandole el rostro y su nariz aguileña sobresalía de entre el flequillo de forma cómica. Apoyandose en el respaldo de la silla se sopló el flequillo con un aire chulesco y luego se relamió con un ademán peculiar.

"Joder, anoche fue toda una puñetera noche loca, lo puedo puto jurar, joder... ¿No me acabo de puto levantar de debajo de la puñetera puta mesa? Tengo una jodida resaca que no me tengo en pie, por todas putas escamas de las zorras del puerto..."

Se llevó una mano a la frente para hacer ver lo que le dolía la cabeza, pero cualquier hubiese podido ver que sobreactuaba.

"Pero joder, no te pongas a llora por mis terribles problemas preciosa, lo que necesitas está en el puerto, y si está en el puerto te lo puedo puto conseguir, ¿me sigues, joder?"
Edited by Farore, Sep 13 2009, 01:32 AM.
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Eburu
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¡Pero qué demonios...!

La gerudo estuvo a punto de incrustarle la lanza en el pecho a aquel estúpido zora; sus dedos se clavaron en la superficie de la mesa, irritada con el cejo fruncido y la mandíbula apretada. Apoyó la punta de sus sandalias en el suelo, por si era preciso reacción rápido y actuar; pese a todo se esforzó por controlar la rabia de aquella inesperada aparición.

-"¿Crees que me importan tus problemas, insustancial?" -le espetó con voz grave y algo cortante; Eburu no era mujer de cortesías-. ¿"Que diablos quieres, zora? Responde rápido o te daré un problema más y quizás unos cuantos golpes que despierten en ti esa inteligencia de la que careces".

La expresión de la gerudo no daba muestras de ser muy transigente o al menos, una persona con la que fácilmente se pudiera negociar. Para Eburu sólo existían dos términos válidos y extremos, las cosas eran blancas o negras, si a ella le beneficiaba bien, sino pobre de aquel que intentase convencerla de lo contrario. Y aquel zora estaba convirtiendo su mañana en algo muy negro.

No había tocado la comida ni la bebida, no mientras aquel extraño estuviera delante suya. Pese a ello, se aseguró de que su lanza estuviera a mano... por si a ese sujeto le daba por ponerse tonto.
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Farore
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El tipejo bufó agitando la cabeza en un gesto comico, y luego comenzó a reirse a pleno pulmón. Los dueños de la posada observaban desde detrás de la barra con miedo a que la mujer del desierto se levantse y los matase a todos por el atrevimiento de su interlocutor, el sudor frio les caía por la frente. Levantando las manos el malhablado informador trató de calrmas la situación torpemente.

"Eh, eh joder, que aqui somos todos amigos, ¿verdad? Lo que quiero de ti es bastante jodidamente sencillo, forastera, soy un puto arreglador y lo que quiero es lo que puedo puto obtener de todos los forasteros. Su dinero, ¿me sigues?."

Apoyó el codo sober la mesa poniendose de frente a Eburu, el pelo seguía ocultando sus ojos dando la impresión de que quizás no había visto a la gerudo y no comprendía la magnitud del problema en el que estaba metido. No obstanets su movimientos sobreactuados y liquidos cumplían perfectamente su función de transmitr la seguridad de un pez que se mueve en su propia agua. Eburu no lo parecía.

"El que acaba en el jodido puerto algo quiere, pero las cosas no están ahí para cogerlas sin más, tienes que rebuscar en toda la puñetera basura que se amontona es este puto estercolero de mala muerte, soy un arreglador y me meteré en ese monton de basura por ti para conseguirte lo que tu necesitas."

El autodenominado arreglador sonrió de oreja a oreja mostrando una brillante y blanca dentadura cuyo brillo estaba rematado por un diente de plata.

"... por un precio, ¿me sigues?"
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Eburu
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-"Oh, por supuesto que te sigo ... Amigo..." -comentó con sarcasmo la gerudo, mientars se reclinaba peligrosamente sobre la mesa-. "El problema es que, amigo... Que ahora mismo me estás estorbando... ¿Ves a esos compatriotas tuyos? ¿Los ves?" -dijo señalando hacia los dueños de la taberna-. "Desde aquí me llega el olor a mierda que desprenden por el miedo que le profesan a una gerudo, es decir, a mí... Estoy demasiado tranquila para que un asqueroso arreglador como tú venga a fastidiarme la mañana, ¿entiendes? Así, que lárgate ahora mismo de mí mesa. Cuando necesite a una cosa como tú, ya te llamaré. Ahora... Largo"

Hizo un gesto brusco con la mano, como aquel que espanta una mosca. Cada una de sus palabras iba muy en serio, muy poco le importaba un zora más que un zora menos; sólo esperaba que la amenaza le hubiera llegado clara y concisa. Despojos como aquel tenía cierta utilidad, pero por el momento prefería prescindir de ellos, sólo por mantener la discreción y no ser el punto de mira. Si un cargamento había sido robado por el hijo del rey, estaba claro que el rumor estaría extendido y pocas personas no sabrían de él. La cuestión predominante era preguntar a la persona correcta, un sucio arreglador como ese zora, era un pasaje seguro a problemas.

Eburu comenzó a repiquetear en la mesa con los dedos, clavando una mirada asesina en su interlocutor. Además, comenzaba a irritarse: si debían reunirse allí, sus compañeros ya se estaban retrasando.
Edited by Eburu, Sep 15 2009, 08:59 PM.
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Farore
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El autodenominado arreglador se quedó un instante mirando a Eburu en silencio absoluto calibrando las palabras de la guerrera del desierto. No hizo ni el más mínimo movimiento durante aquellos breves y tensos segundos.

"¿Gerudo has dicho?"

Se separó de la mesa con cautela ceremonial y tras levantarse salió corriendo con una gracilidad inusitada para un resacoso dejando a la gerudo de nuevo sola en el establecimiento.

La camarera se acercó con una bandeja de carnes ahumadas para compensar la molestia cuasada por el chico. La dejó en la mesa tras hacer una leve reverencia con actitud servil, de nuevo sin hablar a Eburu para evitar molestarla en lo más mínimo. Acto seguido volvió a adentrarse en la cocina aumentando esa sensación de local vacio. Solo se escuchaba el crujir de la madera húmeda cuando las pesadas botas de los viajeros pisaban el muelle.
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Eburu
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Eburu enarcó una ceja, observándo como aquel inútil se marchaba de la taberna mientras la camarera le ofrecía aquel plata extra que jamás pidió. Miró la comida, pensando en lo que podía implicar y todo lo que podría servirle. Pese a que en su interior se permitió esbozar una leve sonrisa, su cara no mostraba la menor señal de felicidad sino que por el contrario, permanecía con la mandíbula apretada y las cejas fruncidas. Aquello no estaba siendo un buen principio, aunque imagtinaba que pronto cambiaría o no llegaría a ninguna parte.

Alzó una mano, llamando a la camarera.

- "¿Conocéis a ese zora?" -inquirió con brusquedad cuando la mujer se acercó a su mesa-.

Sus ojos amendrantadores se clavaron en la zora, como un ave de presa que por fin ha localizado su presa. Quizás fuera coincidencia o tal vez no, pero que apareciera un tipejo ofreciéndole sus servicios justo cuando comenzaba un trabajo, le hacía desconfiar. Era posible que nadie supiera que iban detrás del cargamento de Ruger, o tal vez sí. No estaba muy segura de la discreción de la maestre y precisamente por ello, deseaba eliminar una de las dos opciones.

- "¿Conoces a ese zora?" -repitió su pregunta, no para apremiar a la aterrada zora, sino para hacerle ver, que una mentira o un silencio sería una muy mala elección-.
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Farore
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La mujer sostuvo con nerviosismo su bandeja mientras sus ojos se abrían de par en par al escuchar la voz de la dama de las arenas. Se quedó muda en el intervalo que duraba entre la primera pregunta y la segunda y sin saber que hacer se quedó congelada mirando a la gerudo. Cuando se dio cuenta de que la mirada fija podía considerarse una ofensa la apartó directamente hacia el suelo. Ella era una zora del dominio y tales faltas de educación eran imperdonables y de mal gusto para aquella gente.

"No, señora, es un arreglador... Vienen de oceanía, como no encuentran trabajo se dedican a cualquier cosa. Ellos, tienen poca educación, mis disculpas por permitir que la importunase."

Bajó la caebza y remojó los labios dandose cuenta del hilo de sudor frío que le bajaba por la nuca.

"Reitero mis disculpas si le ha molestado, señora, le aseguro que no volverá a pasar."

Se quedó en el sitio clavada esperando a que la guerrera le diese el permiso para marcharse. Sin embargo tanta disposición no era normal nisiquiera ante una gerudo, se podria decir que los zora del dominio vivían sus vidas con demasiado servilismo.
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Eburu
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La centinela tragó saliva con gesto adusto, no le gustaban las intromisiones y mucho menos, cuando resultaban ser tan extremadamente inservibles. Cogió la jarra de leche, algo menos caliente que al principio y se la pegó a los labios, sumida en su creciente irritación.

- "Gracias..." -respondió a la camarera, sin mirarla a la cara-. "Gracias por todo".

Eburu se sumió en su comida, permitiéndose el lujo de relajar la espalda algo más que un instante. Ahora debía plantearse un millar de preguntar. ¿Cómo se iban a distribuir los tres? ¿Qué aportaría cada uno? ¿Quién intentaría imponerse como cabecilla? ¿Se matarían antes de terminar? ¿Cómo iban a planificarlo todo? ¿Sabrían luchar? Sumida en sus meditaciones, por un momento se enajenó del ir y venir del puerto, mostrando por primera vez una expresión muy diferente. Casi parecía una mujer más.
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Leto
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Hechicero fugitivo

El sol había amanecido arrastrando un manto de niebla sobre el puerto, mientras los gatos maullaban y las viejas cerraban sus ventanas las calles yacieron desiertas y los embarcaderos solitarios, anunciando quizás un mal que se cernía sobre la costa. Los marineros, tras pasar una noche en tierra de bebidas y burdeles, se desplomaban en las esquinas oscuras y los callejones angostos.
Esa mañana no se veía el sol, escondido como cobarde tras muros grises y el ambiente estaba húmedo... salado.... misterioso. El camino del embarcadero hasta la taberna, único resquicio de calidez y refugio en aquel puerto no había sido ni la mitad de terrible que el de su camarote hasta el pueblo. Taladrado por unos ojos acuosos, acechado por chapoteos en el agua y figuras en la niebla caminó con presteza hasta alcanzar vestigios de una fortaleza. Aunque aquella sólo trajese la promesa de cinco paredes pedreosas y un regazo junto al fuego; una celda hubiese aceptado con tal de burlar a sus acechantes.

Por fin bajo el cartel mohoso que daba nombre a la taberna encontró la seguridad que había perdido al salir de su camarote; aquello era un oasis en medio de un mar de dunas. Recuperando el aliento y el orgullo se encaminó hacia el interior, pero cuasi un mayordomo lo invitase las puertas se abieron y un pobre diablo mitad pez, mitad hombre salió huyendo.
En parte se compadeció de él, no porque se enfrentase a un destino incierto en aquel muelle envenenado( algo le decía que lo que acechase ahí fuera no lo dañaría), sino por que sólo era un mestizo. Híbrido de mar y tierra pero sin pertenecer a ninguno de los dos. Sintió lástima, por el desdichado... era tan patético...

El calor del fuego, mínimo pero efectivo lo golpeó a su entrada, recibiendolo con brazos abierto y una sonrisa crispada. El silencio lo acompaba; roto tan sólo por pequeñas carcajas de la hoguera. El local estaba muerto, vacío, sin vida... era un lugar estupendo para su reunión. Y sin faltar a su palabra la mujer del desierto descansaba sobre una de las mesas cercanas a las ascuas. Bien, al menos tendría algo que hacer hasta que llegase la mestiza y puediesen preparar el plan de acción. Además, sentía curiosidad por que misterios envolverían a alguien venido de tierras tan extrañas.

Recorrió el lugar como una estela blanca en el cielo nocturno hasta alcanzar la mesa de la Gerudo.
"¿Puedo sentarme?"-preguntó con tranquilidad.
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"No sé quién me dá más lástima: aquellos que huyen de mi presencia o los condenados que pueden soportarla."


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Ficha
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Eburu
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La mirada ambarina se clavó en aquel hombre pálido y de cabellos blancos. No conocía de nada a aquel hylian y sin embargo la maestre Ruger contaba con sus servicios para tal misión. Apenas recordaba su nombre y no sabía nada sobre él, ni quien era, de donde venía o quién fue en el pasado. Los intrigantes no le gustaban y solían ser los primeros en quedarse a las puertas.

- "No veo nada que te lo impida" -comentó con sequedad-.

Quiso decir algo más, pero estaba tan poco acostumbarada a tratar que por su cabeza no surgió ni una sola frase que añadir. La gerudo era muy parca en palabaras y eso, se veía aleguas; era mujer de armas que estaba habituada a montar largas guardias o a entrar en combate con rapidez, las batallas dialécticas le resultaba pesadas e irritantes y siempre terminaban de la misma forma: alguien herido... o muerto. Desde luego, las armas componían un lenguaje más apropiado para ella.

No esperó siquiera a que Leto tomará asiento, cuando volvió a centrar su atención en la jarra de leche y las llamas de la chimenea, como si no hubiera nadie más con ella. Aún faltaba la soldado, la zora.

...otro zora... esperemos que su sentido común cumpla bien las funciones...

- "Nos demoramos" -comentó con gesto distraído-. "El día empezará a avanzar y nosotros seguimos sin saber qué hacer".

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Rodea
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Soldado de Oceanía

El puerto estaba repleto de vida y movimiento mucho antes de que el sol despertase, alzándose sobre el horizonte. Rodea se había despertado muy temprano para dar una vuelta por el muelle, y observar a cada individuo -la mayoría, sus primos cercanos- que pudiese servirle de ayuda en algo. Luego, se sumergió en el agua, algo corrupta en la cercanía de los barcos, y más limpia y pura según se alejaba en su profundidad.

De todos modos, subió a la superficie y permaneció junto a la entrada de la taberna todo el resto de la mañana, dejando que sus nutridas aletas se cayesen al oxidarse en el aire. Vio entrar a la gerudo a lo lejos. No era muy difícil reconocerla, dado que su cabellera rojiza destacaba, como sangre en las nieves, en el blanquecino cabello zora, tan común en el muelle.

Ya solo queda uno.

Siguió esperando.

Si había algo que le encantaba, era llegar a una reunión y que todos estuviesen ya allí, y no tener que esperar conversando banalidades. Pasó un rato y un zora escuchimizado y resacoso salió a tropezones de la posada. Alzó las cejas, turbada. Ver a su raza cayendo tan bajo como algunos hylian le resultaba patético.

Segundos después, vio entrar al misterioso hechicero. Sonrió suavemente, se sacudió los brazos, dejando caer el último polvillo escamoso y empujó con suavidad la puerta de 'El Viento Ligero'. Al entrar, le costó un poco acostumbrar los ojos a la penumbra que invadía la taberna, mas caminó hasta sus dos compañeros.

"Buenos días." Agachó la cabeza en señal de respeto. "Ya estamos todos."

Posó su tridente en el borde de la mesa, muy cerca de su mano.
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Eburu
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Los dedos de la gerudo comenzaron a repiquetear con impaciencia sobre la superficie de la madera. El sol comenzaba a despuntar, y lejos del silencioso hylian, apenas si había novedad alguna de la que hacerse cargo. Tenían tanto por hacer, tanto que planear, tanto que decidir que perder el tiempo en esperas le resultaba una fastidiosa forma de malgastar un tiempo precioso. Mientras ellos se retrasaban, muy probablemente el cargamento de Ruger se alejase y las pistas comenzarían a desvanecerse con cada segundo, minuto y día que transcurriera sin hacer nada.

Al poco de entrar el hylian, la puerta del "Viento Ligero" se abrió de nuevo, dejando entrar al tercer miembro en discordia, la zora. Eburu ya había tenido una desgradable ración de zora para todo el día, pero no tendría más remedio que soportar el olor escamoso de otra más; además intuía, que éste tendría algo más de sentido común. sus pasos la condujeron a la mesa que ella y el hombre compartían y los saludó, casi con un deje que Eburu identificó como solemnidad.

-"Creía que el cabello se me volvería blanco esperandoos" -masculló con acritud la gerudo, enarcando una ceja-. "No creo que necesitemos presentarnos de nuevo, así que vayamos al grano".

... maldito destino que me obliga a viajar con dos tipos casi albinos... La discreción será uno de nuestros grandes problemas: ellos tienen rasgos llamativos y yo, llamo la atención por donde vaya simplemente por ser una guerrera del desierto... Esto empieza bien...

Eburu cruzó los brazos sobre el pecho. El gesto hizo zarandear las pulseras que pendían de sus muñecas que compusieron un rudo tintineo metálico; sacudió la cabeza intentando relajar toda aquella tensión que cargaba desde su llegada al puerto con Nyaran. Quizás un poco de afabilidad entase bien a un grupo de desconocidos que iban a viajar juntos, y que posiblemente, tuvieran que confiar en los otros. Movió la cabeza con suavidad de un lado a otro, para estirar el cuello y suspiró.

-"Empecemos de una vez" -proclamó más calmada, aunque su expresión era de determinación por llegar a un punto claro en poco tiempo-. "¿Qué sabemos?"
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Leto
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Hechicero fugitivo

Una vez todos estuvieron reunidos el silencio se dejó oír como un eco lejano que vaticinaba problemas de no fácil solución.

El hechicero fue primero en hablar:
"Sabemos que un paquete de vital importancia a sido "extraviado" en manos inmerecidas. Sólo tenemos un nombre y una profesión, carentes por completo de un lugar de reunión. Sugiero que ese sea el primer punto a solucionar y tener en cuenta."-Sus palabras se vaciaron como cargadores de saetas, casi sin respirar.

Se tomó un segundo de reflexión, que aprovechó para ojear el lugar en busca de oídos o miradas indiscretos.
Prosiguió la segunda andanada.
"Y por lo que sabemos, es un asunto de política, la peor ciencia de los hombres..."-expresó casi con desdén.-"Según Rutger, el obstaculo es un principe renegado de algún reino marino, disculpad mi carencia de la idiosincracia local, pero lo importante no es el quién, sino el cómo vamos a conseguir el paquete sin enfrentarnos a la flota del rebelde."

Era un asunto peliagudo, estaba seguro de que, si fuera necesario, podrían arrasar la flota pirata con un poco de esfuerzo, pero si daban muerte a un príncipe las consecuencias serían... incómodas. Todo política. Aunque lo cierto era que ni un emperador podría evitar que se hiciese con el artefacto y sus arcanos secretos...
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"No sé quién me dá más lástima: aquellos que huyen de mi presencia o los condenados que pueden soportarla."


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