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Wilhelm Gustloff, transatlántico alemán hundido el 31 de enero de 1945 por un submarino ruso
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Faro de Recalada nace a partir de la magnífica idea del capitán Andrés Vázquez cuando creó la página Círculo Naval Cubano. En este sitio de Internet, se han dado cita muchos marinos cubanos dispersos en distintas latitudes del mundo. Allí, surgió la iniciativa de construir la historia de nuestras marinas mercante, guerra y pesca con los testimonios aportados por sus protagonistas. La ausencia de información, y quizás mala fe gubernamental, pretende sepultar de un solo zarpazo la rica historia de nuestros hombres de mar y es nuestro deber ir a su rescate para legarla a las futuras generaciones. Faro de Recalada ofrece la dinámica del contacto directo entre esos marinos y todos aquellos amantes de tan hermosa profesión, posibilidad que no existe en “Círculo Naval” o en mi blog personal “Escorado”. En todo caso, se mantendrá una estrecha fluidez de comunicación entre ésta y todas las páginas que aborden los temas del mar. El foro se encuentra actualmente en construcción y se abrirán espacios que abarquen la cotidianidad de nuestras vidas en tierra. Esperamos sirva como referencia y ayude en las maniobras de recaladas a todos esos seres que como naves al garete, andan regados por el mundo con sus bodegas cargadas de nostalgias y sueños, sin encontrar una derrota adecuada donde poder descargarlos. Sean todos bienvenidos a bordo y esperamos que este nueva aventura pueda satisfacer los anhelos e intereses de nuestros marinos, estudiosos, amigos y visitantes.

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El día que encontré al "socialismo". (II)
Topic Started: Jan 3 2012, 04:27 PM (447 Views)
EstebanCL
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El día que encontré al “socialismo”.
(Segunda parte)


Esa mañana tuve que dar dos o tres viajes en taxi desde el Hotel Jagua de Cienfuegos hasta la terminal de azúcar a granel. El buque estaba de salida y el sesenta por ciento de su tripulación permanecía borracha. Habíamos alquilado algunas habitaciones y otros prefirieron las cabañitas junto a la piscina. Los más ebrios dormían en los portalitos de éstas debajo de los aires acondicionados, parece que les picó el fresco de la madrugada. El hotel se encontraba casi vacío, no entraban turistas a la isla en aquellos años. Coincidimos con cuatro o cinco puertorriqueños en el cabaret, eran los únicos extranjeros y como es de suponer, siempre sospechábamos de ellos, tuvieron que ser comunistas.
El viaje se realizó con el mismo ambiente del anterior, Francisquito era mi timonel y en las guardias de la tarde subían al puente mi socio “Tetera” (Iván Freires) y uno que otro curioso por conocer la posición del buque. Madrigal había pescado su buena gonorrea en Cienfuegos, se la pegó una putica que yo saqué de mi habitación y él recogió en el pasillo del hotel. Siempre tuve buen ángel para estas cosas y solo me pegaron piojos en una guagua de Santiago a La Habana, pero él era fatal, se les pegaban de solo olerlas. Por suerte andaba “El Cabronazo” con nosotros, era el mejor enfermero de la flota y enseguida lo sacó de aquel aprieto.
Esta vez descargaríamos en Novorosssiysk, un puerto de la antigua Unión Soviética localizado en las profundidades del Mar Negro. No imaginan la alegría que me produjo aquella noticia, conocería de cerca al principal protagonista de nuestras aspiraciones, el ejemplo a seguir, los héroes de la Segunda Guerra Mundial, los creadores del comunismo. ¡Basta! Voy a dejar de comer tanta mierda y evitar me manden al carajo. Iba a conocer de cerca a los “bolos”. Los que mandaban las latas de carne rusa, aquellos aparatos electrónicos con unos transistores del tamaño de la caja de bolas de un auto, las lavadoras Aurikas, el perfume Moscú Rojo, los relojes Poljot, los ventiladores “Orbita” y aquellas cuchillas de afeitar que hacían llorar al más varón de los cubanos y no menciono otra mierda para no extender este discurso. En fin, me encontraba muy cerca de la meta, aunque como es de suponer, deseaba conocer mucho más y que al barco le pusieran ruedas para llegar hasta Hungría y Checoslovaquia.
Nos sonaron muy buen fondeo y el sondeo realizado al buque era idéntico al nuestro. ¡Coño! Se me había olvidado hablarles de ese detalle en el trabajo anterior. Todos eran similares, embarcaban con perros que olfateaban cada hueco del buque, siempre buscando algo. A ellos no les preocupaban las drogas, esos canes estaban entrenados para buscar gente. No acabo de comprender esa obsesión del “socialismo’ en mantener encerrada a personas que no simpatizan con ellos. Esos sondeos tenían casi siempre la misma duración a la que hacían en Cuba, solo se extendieron los de Corea y China, obvio. Espera, espera, vuelve a esperar. Llama por VHF pidiendo información, vuelve a llamar, llama otra vez. Nadie tiene respuesta, nadie sabe nada, nadie está autorizado. Todo viene de arriba, del cielo, igualito que en Cuba. ¿Cómo iba a dudarlo? Nosotros tratábamos de imitarlos, bueno, nosotros no, el gobierno. Al cabo del mes nos atracaron y mientras realizábamos la maniobra, una brigada de mujeres realizaba reparaciones en el muelle. No imagino los bíceps de aquellas “bolas”, eran mujeres para respetar. Maniobraban los martillos neumáticos con mucha más facilidad que un consolador, ¡coño!, esto tengo que contárselo a mi mujer cuando llegue a Cuba. Está bueno ya de que la contemple tanto, como si realmente fuera del sexo débil. Los marineros de proa les chiflaban y decían algún piropo que ellas no comprendieron. Se reían y mostraban destellos que nos llegaban como relámpagos dorados, tenían dientes de oro. Hacía falta saber si andaban con las piernas peludas y no se afeitaban los sobacos, como las que llegaron a Cuba con sus maridos.
Esa tarde salí con Madrigal hasta el Seaman Club, la misma historia, estaba casi vacío y no había rusos. ¡Uff! Se me olvidaba, ya lo escribí en otro trabajo, pero creo necesario volver a repetirlo. Cuando vieron mi aspecto y el de Madrigal, nos quisieron desnudar en la aduana. ¡Yá Kubinski! ¡Yá Kubinski! Por poco tengo que pedir auxilio para evitar me metieran hasta el dedo y el tipo aferrado a su teoría me repetía lo mismo. ¡Niet Kubinski! ¡Niet Kubinski! Y yo que sí, ¡Que sí, cojones, Kubinski! Bueno, con algunas desviaciones ideológicas, pero kubinski, pedazo de cabrón. Gabana, yo soy de Gabana, hijo de la gran puta. Gracias a Dios aquel escaparate no hablaba español, ni inglés, era un “bolo” de verdad. Al fin pude convencer al hijoputa y salimos muy asustados a la calle. ¡Coño, Madrigal! ¿Por qué vamos a asustarnos? Es lo mismo que le hacen a las tripulaciones griegas en la isla.
Pagué la primera ronda con un billete de diez rublos, cuando aquello su valor era como de tres dólares por uno. La bola, como yo andaba entretenido jugando billar, me devolvió una pila de calderillas que no me molesté en contar. Me jodió aquella hermana y pagué la cerveza más cara del mundo. Si al menos fuera cerveza, aquella “piba” estaba embotellada en las mismas botellas del agua “Ciego Montero”, los jugos que llegaban desde Bulgaria, etc., lo mismo con lo mismo. No estaba mal y yo comencé a comprenderlos. Todo estaba hecho con la mejor intención del mundo, o sea, para facilitarles la vida a los viajeros como nosotros. Tú comprabas una cerveza en Rumanía y podías vender la botella en Bulgaria, Cuba, URSS, etc., eso es ahorrar. Aquella “piba” sabía a rayos y se cortaba al tercer día. Se cortaba y resultaba imposible beberla, creaba una madre en el interior de la botella que podía observarse claramenter, qué mierda.
Al día siguiente, mucho más temprano, decidimos salir a la calle. Nuestro primer choque emocional fue con una pipa de cerveza estacionada junto a una acera. De la misma manera que el hombre desciende del mono, aquellas putas “pilotos” que se expandieron por toda la isla como si se tratara de una epidemia, tenía sus orígenes en este país. No crean tampoco que llegaron a tener la calidad de las caribeñas, les hablo de un tanque montado sobre un chasis con dos ruedas. Tampoco me refiero a un tanque especial de acero níquel, era como los tanques que se usaban en nuestras vaquerías. Eso no era lo peor, aquella vieja gorda de piernas y sobacos peludos, rojiza por el calor reinante y con dientes de oro, lavaba las jarras usadas en un cubo con agua. Nunca había recordado tanto a La Habana como en aquel instante, ¡es verdad que ya somos socialistas! No quise beber y pude soportar muy bien la sed.
En uno de los bellos parques de aquella ciudad, chocamos de frente con un aparato como esos de vender latas de CocaCola. Lo duplicaba en tamaño, como todo lo de ellos. Ya teníamos sed y nos acercamos, lo lógico sería que poseyera vasos desechables. ¡Nada de eso! Aquel enorme aparatón del tamaño de una torre de lanzamiento de los cohetes espaciales, tenía un solo vaso de cristal que debías enjuagar con la misma agua pagada. O sea, aquello me convenció del nivel de salud reinante en ese país socialista. Si alguien hubiera tenido tuberculosis o hepatitis, toda la población estuviera contaminada y no era así. Tuvimos que beber, era verano y el calor insoportable, como en Canadá en esas fechas.
En la noche para entrar a un cabaret, más bien un club, tuvimos que sobornar al portero recuerdo el nombre del lugar, se llamaba “Bergantín”, este dato no lo busqué en Google Maps. Igualito que allá, luego visitamos diferentes restaurantes y la película se repetía, si no “tocabas’, no entrabas. Una vez dentro, el mismo asedio de La Habana con los extranjeros, demasiadas chicas trabajadoras sociales. Muy jóvenes y bellas, con las piernas y sobacos afeitados, desviadas ideológicamente, como mi gente. En la calle te proponían todo tipo de negocios, como si no tuvieran nada y yo me encabronaba. ¡Coño!, si tienen lo mejor del mundo, el socialismo que nos metieron por la cabeza.
Un día acompañé a un tripulante hasta el dentista, llevaba varios días rabiando del dolor de muelas. Al entrar a la clínica se cagó, hasta yo, que no tenía nada que ver en ese potaje. Los gritos escuchados de una mujer me recordaron las películas de terror que pasaban los sábados por la noche en la isla, eran espeluznantes y le erizaban la piel al más indiferente e insensible ser humano. El tipo comenzó a recular y yo insistiendo en meterlo dentro de aquella carnicería o matadero, se encojonó y estuvo a punto de agredirme, no era para menos. Después nos enteramos que todo el trasteo de la boca, extracciones y empastes, lo hacían sin que mediara anestesia alguna. ¡Ño! No me gustó esta parte del socialismo ruso.
Pedimos gas para nuestro equipo de refrigeración y se demoraron en contestarnos, muy normal para el que sabe cómo funciona ese sistema. Un día, pasada la semana, llegó uno de aquellos comisarios y nos explicó que nosotros no estábamos comprendidos en el plan “quinquenal” de la fábrica de aquel dichoso gas. Bueno, nos reímos, no podíamos hacer otra cosa, eso es el socialismo muchas veces, una broma.
La gente respetaba y temía a su “milicia”, era de admirar el terror que sentían ante su presencia, temblaban, se cagaban. Yo solo miraba y los justificaba, se parecían a los nuestros, eso es el socialismo, mucho respeto o una tranca. Una de esas noches que andaba de puto con una de las trigueñas más bellas que se han cruzado en mi vida, llegaron ellos y me la desaparecieron. Muy disciplinada la muchacha, yo me porté algo rebelde y ellos se encargaron de calmarme. Ni yo hablaba ruso, ni ellos inglés, pero uno adivina cuando se encuentra próxima una patada por el culo. Hubo un dedo que señaló en dirección al barco y dijo cuatro palabras que yo interpreté a mi manera. ¡Cabrón, te vas para el barco o no vas a cagar duro en una semana! ¡No nos interesa si eres kubinski o no! A estos pollos no hay extranjero que se las meta. Ese día caminé en cámara lenta más de diez cuadras, el dolor de los huevos no me permitían hacerlo más rápido. Todavía llego al barco y el guardia de portalón recomienda botarme una paja. ¡No jodan, con ese dolor a quién carajo se le para!
Allí si vi colas y la misma película de las tiendas. Los mismos productos en todas las vidrieras y la gente cayéndote atrás para comprar cualquier cosa, lo que fuera y no llevara el sello CCCP, estaban desviados ideológicamente como yo, no me gustaba nada de ellos. Se nos acabó la plata y los complacimos en lo que pudimos. Francisquito llegó un día con una peste a grajo del carajo, había vendido la camisa que tenía puesta y el ruso le cedió la suya para que regresara al barco. Los hermanos nos robaron todo lo que estuvo a su alcance, nos jodieron, no teníamos televisor y se llevaron el radio de onda corta que había en el salón de oficiales, me privaron de gusanear. Nos invitaron a museos, el monumento al soldado desconocido, que si no lo conocieron para qué le levantaron esa estatua. Nos enseñaron un submarino viejísimo, no recuerdo si perteneció al Capitán Nemo. Cuando no teníamos nada por vender y el tiempo se alargó demasiado, nos atacó ese deseo de escapar de aquel puerto y largarnos al carajo. Yo estaba muy feliz, había conocido de cerca cuál sería nuestro futuro, pero no estaba muy convencido y deseaba conocer algo más. Los socialismos no eran semejantes, no se parecían entre sí, ni el nuestro se aproximaba al de ellos. Nosotros vivíamos, dentro de todas nuestras dificultades, mucho mejor que los infelices soviéticos. Éramos sus hijos bobos, como lo fue mucha gente de nosotros.
Muchas hermosas mujeres de aquel paraíso, creyeron una vez o se dejaron engañar con fotos de Varadero, los cocoteros, las playas, el cielo azul, creyeron que eso era Cuba. Contrajeron matrimonios con cubanos y fueron a recalar a insalubres solares, cargar el agua por cubos, cocinar con luz brillante y comer con una libreta de racionamiento. Muy pocas resistieron, allá quedaron sus maridos abandonados.
El día de la partida llegó al fin y salimos, llegamos a sobrepasar el rompeolas con el Práctico a bordo cuando, desde la Capitanía del puerto, se recibió la orden de regresar nuevamente al buque. Vaya tragedias que nos guardan los países socialistas como sorpresa, resulta que habían descargado el azúcar y miel de una bodega inundada. Desafortunadamente, fueron embarcadas en vagones que a su marcha iban regando esa miel y la ciudad fue invadida por abejas. Nos atracaron y volvieron a meter la carga en nuestra bodega hasta nuevo aviso. Nos demoramos una semana más en aquel puerto, como si nos hubieran arrojado brujería.
Partimos rumbo a Varna, fue un 26 de Julio, lo recuerdo perfectamente porque en la “actividad” de celebración, se comprobó de verdad que la “piba” era una mierda, como lo era el pan negro que pidió el Capitán alegando que eso comían los rusos cuando la guerra. Deseo acabar de una vez por todo este trabajo, ya estaba convencido haber hallado lo que buscaba, pero no estaba satisfecho, faltaban otros países socialistas.
Nos asignaron cargar en Varna y Constanza, pero esa película ya se las pasé. El siguiente viaje fue con destino a Angola, nosotros debíamos comportarnos como un virus que propaga una epidemia. No conformes con nuestras desgracias, deseábamos compartirla con otros pueblos y así fue, nos involucraron. Luego de dejar las tropas hicimos pequeñas reparaciones en Cádiz y después continuamos nuestro acostumbrado recorrido a Varna y Rumanía. Mi amor por descubrir nuevos horizontes se vio frustrado por las crecientes necesidades en casa, mi hijo necesitaba zapatos, los blúmers de mi esposa tenían huecos, se rompió el refrigerador, no había champú. La lista es demasiado larga también y solo tenía una opción, escapar de esa línea fija a países socialistas.
Polonia y Alemania fueron visitadas pocos años después y no encontré nada nuevo. La RDA tenía un siglo de atraso comparada con la RFA. Importaba mano de obra de países muertos de hambre como nosotros, esos infelices trabajarían en lugares rechazados por los alemanes. Era muy común verlos limpiando calles o como simples obreros de factorías. Los cubanos eran muy jóvenes y casi la mayoría de origen campesino o del interior del país. Casi todos muy felices por lo que hacían, habían logrado escapar de puebluchos sin futuro y allí se sentían realizados. Al final de sus jornadas, podían llevar para Cuba una moto “MZ” como pago a sus servicios de esclavos. Mientras eso sucedía, otros nacionales iban a cortar madera en Siberia. El asunto era poder escapar de la isla aunque tuvieras que casarte con un oso, esa corriente no se ha detenido y hoy, encuentras cubanos diseminados por todo el planeta.
Polonia fueron otros veinte pesos, no había conocido a un país socialista más anticomunista que ellos y me gustó mucho. Por allí comenzó la destrucción de lo que pretendió ser un imperio al precio de sus falsedades, todo lo que encontré era mentira y nada se ajustaba a la propaganda que recibíamos diariamente en la isla.
Han pasado muchos años y no he podido olvidar a aquel cuñado idiota, al que le lavaron el cerebro con creolina. Le dieron un viaje a la URSS solo unos años antes de la caída del muro de Berlín, era la primera vez que salía de la isla y no conocía nada más que eso. Llegó cargado de baratijas que no tenían utilidad, medallitas, banderitas, tarjetas postales del Kremlin con su momia. Uno que otro cenicero, creo haya sido lo único que se podía usar, hasta yo fui premiado con una de esas porquerías.
-Los bolos están pasados, yo quisieras que vieras eso.
-¿Qué viera qué?
-El desarrollo que tienen. Sentí deseos de meterle una patada por el culo para taparle la boca, aún conservo esos deseos.
-¡Qué infeliz eres! ¿Sabes qué? Gente como tú son dignos de lástima o desprecio. Conozco unos cuarenta países, más de la mitad de ellos son capitalistas. No soy ciego, los hay buenos y malos. ¿Sabes qué?
-¿Qué?
-¡El socialismo es tremenda mierda! No he podido olvidar aquella respuesta, es la misma que le daba a mis amigos angolanos cuando me preguntaban por ese sistema y el futuro de su país, no tenía otra.
Hoy, treinta y tantos años después de aquellas aventuras y cuando todo el imperio desapareció. Veo con espanto la estupidez de varios pueblos latinoamericanos que, caen como moscas ante las promesas de varios pícaros cabrones. Dicen esos bandidos que van a construir el “socialismo del siglo XXI”. Es para cagarse de la risa, construir en este continente lo que fracasó en otro no tiene sentido. No lo tiene porque acá, todavía estamos analizando y discutiendo los daños que nos produjo la conquista española. Muy bien se merecen el calificativo que les dieran unos autores en su obra, son “los perfectos idiotas latinoamericanos”. Por suerte vivo cerca del polo y aquí no se les ha perdido nada. Creí una vez haberlo olvidado todo, pero aquella frase tiene más vigencia que nunca. ¡El socialismo es tremenda mierda!

Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2012-12-30
"Y si tenéis por rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero comprobad que el trono que erigiera en vuestro interior ha sido antes destruido".
Jalil Gibrán.
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Lachy
Agregado
Esteban y lo peor de estos paises Latinoamericaos es que toman como ejemplo a Cuba para contruir su mal llamado socialismo,que dios los perdone.
Saludos,Lachy.
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Hans
CAPITAN
Esteban,
Por aca venden una cerveza llamada "Baltica" trata de encontrarla por alla por Canada y te daras cuenta de la diferencia real entre el socialismo y el capitalismo :-)
(aunque personalmente no creo Rusia haya cambiado mucho) Cuidese. Hans
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